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La trayectoria de un escritor

Rafael García Romero
La inmensa mayoría de los libros de ficción que escribió Juan Bosch fueron publicados en el extranjero. O sea, tienen un país de origen distinto a República Dominicana. La respuesta está en que Juan Bosch vivió una vida de exilio, en distintos países de América y Europa. En su caso, el peor y más destructivo: Un exilio político.
Así, la vida de Juan Bosch tuvo un relativo sosiego cuando regresa de manera definitiva a República Dominicana en 1971. En adelante, los viajes serían de tipo cultural: conferencias, congresos de literatura, recibo de honores y distinciones de alta calidad. Entre ellos, el doctorado Honoris Causa en Letras que le concedió la Universidad de Nueva York, de los Estados Unidos.
El nombre de Juan Bosch está indisolublemente asociado al cuento. En cambio, la producción de ficción es mínima. Sí, un punto luminoso en el horizonte de su impresionante obra literaria.
Esa constante me lleva a desarrollar bajo el formato de preguntas y respuestas este acercamiento a la férrea disciplina de trabajo de Juan Bosch y el fruto que deja un humanista que antes ya era maestro del cuento en Hispanoamérica.
Juan Bosch era muy joven cuando se marcha al exilio, ¿qué fuerza lo hizo tomar esa decisión de abandonar el país?
Esa fuerza se llamó templanza. En el país gobernaba Rafael Leonidas Trujillo, que entonces había puesto su atención en Juan Bosch y quería llevarlo de diputado al Congreso. En una ocasión el propio Juan Bosch dijo que tomó la decisión de irse del país a raíz de una conversación que hizo con Mario Fermín Cabral, padre del poeta Manuel del Cabral.
En realidad, a Juan Bosch, que ya había empezado a llamar la atención de Trujillo, no le convenía vivir en Santo Domingo. En la Era la política se hacía cada vez más abominable. Así que él se dijo: En República Dominicana no hay garantía de vida, ni de acción. El campo resulta demasiado estrecho y me parece desacertado gastar sin provecho los mejores años de mi juventud, único tiempo en que se puede y se debe viajar e instruirse en el extranjero.
A la edad de veintisiete años Juan Bosch, apenas con un tercer año de la educación secundaria, o sea, sin un título de Bachiller, viajó a Puerto Rico. Era el 1938 y se estableció en San Juan con el propósito de emplearse y abrirse camino con su joven y corta familia: él, su esposa, Isabel García, y los hijos León y Carolina.
¿Hay alguna información sobre los países en que vivió y qué aportes hizo a cada uno?
En su niñez vivió en Haití; luego, muy joven, va a España. En su juventud se quedaría a vivir varios meses en Puerto Rico. Así, en períodos de actividad política y cultural conoce Costa Rica, Cuba, Venezuela, Chile, España y Argentina, países en los que se educó de manera autodidacta y a los que aportó también sus conocimientos y sus dotes de gran humanista, escritor y político. La publicación de su obra se hizo más profusa en Cuba y Chile y Venezuela.
¿En qué año regresa Juan Bosch a República Dominicana?
El retorno se produce casi treinta años después, en diciembre de 1961, atendiendo una oferta del entonces Presidente dominicano. Una vez en Santo Domingo pasa a dirigir los trabajos políticos del Partido Revolucionario Dominicano, que presenta su candidatura a la Presidencia de la República. Gana las elecciones, pero en 1963 un golpe militar derroca el gobierno que encabeza y sale de nuevo al exilio. El último país donde vivió es España, donde permaneció hasta el momento de su regreso definitivo, en 1970.
¿Quiénes formaban el entorno intelectual y literario de Juan Bosch?
En Santo Domingo hizo amistad con Pedro Henríquez Ureña, cuando vino de funcionario de Trujillo y ocupó la Intendencia General de Enseñanza, de quien recibió una valiosa tutoría intelectual y literaria. Época en la que tuvo acceso a la biblioteca del humanista y allí leyó los cuentos de Horacio Quiroga. A esos años corresponde su amistad con Manuel del Cabral, y que luego afianzó en Chile, cuando el autor de “Compadre Mon” ocupo un puesto diplomático. En el extranjero tuvo el privilegio de trato con las más grandes personalidades de las letras españolas e hispanoamericanas de su época, entre ellos Rómulo Gallegos, Gabriel García Márquez, Julia de Burgos, Camila Henríquez Ureña, Miguel Otero Silva, Nicolás Guillén y Julio Cortázar.
¿En qué género de la literatura hizo sus mayores aportes Juan Bosch?
En el ensayo, sin ninguna duda. Género en el que debemos citar los libros y asientos bibliográficos, con el propósito de facilitar su apropiada consulta. Así tenemos: Indios: apuntes históricos y leyendas. Santo Domingo: Editorial La Nación, 1935. Mujeres en la vida de Hostos. Puerto Rico: Edición de la Asociación de Mujeres Graduadas de Puerto Rico, 1938. Hostos, el sembrador. La Habana: Editorial Trópico, 1939. Cuba, la isla fascinante. Santiago de Chile: Editorial Universitaria, 1955. Judas Iscariote, el calumniado. Santiago de Chile: Editora Prensa Latinoamericana, 1955. Apuntes sobre el arte de escribir cuentos. Caracas: Revista Shell, 1958. Trujillo: causas de una tiranía sin ejemplo. Caracas: Edición Librería Las Novedades, 1959. Simón Bolivar: biografía para escolares. Caracas: Editora Escolar, 1960. David, biografía de un Rey. Santo Domingo: Colección Pensamiento Dominicano, 1963. Apuntes para una interpretación de la historia costarricense. San José de Costa Rica, 1963. Crisis de la democracia de América en la República Dominicana. México: Centro de Estudios y Documentación Social, 1964. Bolívar y la guerra social. Buenos Aires, 1966. El Pentagonismo, sustituto del imperialismo. Santo Domingo: Publicaciones Ahora, 1967. El próximo paso: dictadura con respaldo popular. Santo Domingo: Publicaciones Ahora, 1969. De Cristóbal Colón a Fidel Castro: El Caribe, frontera imperial. Madrid: Ediciones Alfaguara, 1970. Breve historia de la oligarquía. Santo Domingo: Publicaciones Ahora, 1970. Composición social dominicana. Santo Domingo: Colección Pensamiento y Cultura, 1970. El Napoleón de las guerrillas. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1976. Viaje a las antípodas. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1978. Conferencias y artículos. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1980. La revolución de abril. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1980. La guerra de la Restauración. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1980. Clases sociales en la República Dominicana. Santo Domingo: Editora Corripio, 1983. Capitalismo, democracia y liberación nacional. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1983. La fortuna de Trujillo. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1985. La pequeña burguesía en la historia de la República Dominicana. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1985. Capitalismo tardío en la República Dominicana. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1986. Máximo Gómez: de Montecristi a la gloria. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1986. El Estado, sus orígenes y desarrollo. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1987. Textos culturales y literarios. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1988. Dictaduras dominicanas. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1988. Póker de espanto en El Caribe. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1988. 33 artículos políticos. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1988. El PLD, un nuevo partido en América. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1989. Temas económicos. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1990. Breve historia de los pueblos árabes. Santo Domingo: Editora Alfa y Omega, 1991.
En cuanto a la literatura de creación, ¿qué aportes hizo?
El fuerte de Juan Bosch se halla en la literatura de creación. Trabajó con mayor éxito y más dedicación el cuento, la novela y con bajo perfil la poesía. En este género, un poema de él "La gaviota" se hizo célebre y con música de Julio Gautreau ya tiene una exquisita fama en República Dominicana. En 1936 publicó la novela La Mañosa. A finales de la década del cincuenta publica sus últimos relatos en tres libros que titula Cuentos escritos antes del exilio, Cuentos escritos en el exilio, y Más cuentos escritos en el exilio.
¿Qué edad tiene el maestro en la actualidad y cuál fue su última obra publicada?
La última obra que publicó a nivel continental se titula: Cuentos más que completos, que hizo Alfaguara en el 2000. Ahora, en la República Dominicana, se presentó recientemente: Premio Nacional de Literatura, publicación que hizo la Editora Corripio, en 2001. Ahora, si Juan Bosch nació el 30 de junio de 1909; de continuar viviendo, en la actualidad tendría 100 años.
La vida no le permitió llegar a esa edad. No pudo coronar el siglo de existencia, pero mientras vivió llevó una vida ejemplar. Una vida ejemplar que hoy podemos reconocer como un impresionante legado a la humanidad.
VII Festival de Poesía en la Montaña

La Fundación Festivales de la Montaña informó sobre la celebración de la séptima versión del Festival de Poesía en la Montaña en las instalaciones del Centro Salesiano, sito en la comunidad de Pinar Quemado, Jarabacoa, del 28 al 3o de Agosto.
El VII Festival de Poesía en la Montaña Jarabacoa 2009 se define como un espacio de encuentro para que los poetas del siglo XXI puedan compartir sus creaciones fuera de la rutina diaria y de las grandes urbes, con el verso en la mirada buscando la luz de las estrellas que casi pueden tocar con la punta de sus dedos.
La coordinadora general del evento, Taty Hernández Durán, informó que, el Festival, entre sus objetivos pretende promover la poesía como alimento del espíritu y bálsamo al ser esta la más pura de las artes, motivar la creación poética para que sirva de canal en la formación de mentes puras con ideales sanos, erradicadores de la violencia y de instintos permisivos de las bajas acciones, incentivar al cultivo de la amistad y la solidaridad entre los participantes y asistentes e impulsar la práctica del eco-turismo cultural.
El programa concebido para este año 2009 pretende involucrar voces actuales de la poesía dominicana, y otros países hermanos que han sido convidados al evento.
En esta ocasión se dará continuación al proyecto "Bosques, parques y corredores poéticos" y se instalarán las tarjas de CLIMA DE ETERNIDAD el primer Parque del Poeta en la República Dominicana.
Escritores galardonados, de reconocida trayectoria cultural y ganadores de importantes premios nacionales de literatura, tanto de Santo Domingo como de diversas ciudades del país, están invitados conjuntamente con vates de otras latitudes.
Entre ellos citó a José Rafael Lantigua, José Mármol, Tony Raful, Ángela Hernández, Chiqui Vicioso, Federico Jóvine Bermúdez, Pedro Antonio Valdez, León Félix Batista, Basilio Belliard, Rosa Silverio, Fernando Cabrera, Rafael García Romero, Rafael Peralta Romero, Abil Peralta Agüero, Mateo Morrison, Rannel Báez, Adrián Javier, Plinio Chahín, Marianela Medrano, Jorge Piña, Karina Rieke, Noé Zayas, Juan Freddy Armando, Oscar Peña, Victor Bido, Patricia Minalla, Pedro José Gris, Carmen Pérez Valerio, Manuel Llibre Otero, Reyson Peralta, Yilenia Cepeda, Tanya Badía, Alexei Tellerías, Guido Riggio, Lissette Ramírez, Lesgil Russy, Virgilio López Azuán, Yky Tejada, Juan Gelabert, Blas Jiménez, Puro Tejada, Valentín Amaro, Luis Martin Gomez, Elsa Expósito, Miguel Angel Aza, Rafael P. Rodríguez.
Además Miriam Mirelles de Venezuela, Zuleika Pagán López de Puerto Rico y Zingonia Zingone y Osvaldo Sauma de Costa Rica.
A esta convocatoria se sumarán representantes de talleres literarios organizados por toda la geografía nacional.
El Festival de Poesía de la Montaña es un verdadero encuentro cultural, que con el correr del tiempo se consolida y se afianza como uno de los eventos más hermosos de la literatura dominicana.
Para mayores detalles se puede visitar el blog del Festival:
La Gaviota: Criolla que nació de un poema

Por Rafael García Romero
Juan Bosch fue apresado por los servicios de espionaje de la dictadura en 1934. Encerrado en la Fortaleza Ozama, de Santo Domingo, escribió el poema “Anhelos”. Con el correr de los años ese puñado de versos se convertiría en las letras de la criolla La Gaviota, que ha sido grabada por cantantes tan importantes como Fernando Casado.
El poema “Anhelos”; y que hoy conocemos como “La Gaviota” es el texto escrito en versos más breve y también el más célebre de Juan Bosch. Tiene dos estrofas de cuatro versos cada una; pero además tiene la virtud de que el elemento central de la poesía se menciona dos veces, una en el título y otra en el texto, pero está permanentemente presente en todo el poema.
El poema es un paisaje que describe Juan Bosch desde su celda, un sueño, un deseo de un hombre que sueña con la libertad perdida, y que consigue hacerlo a través del vuelo de una gaviota.
En los cuatro versos de la primera estrofa, que sitúa al poeta en una celda, hay 27 palabras, distribuidas 14 en los dos primeros y 13 en las últimas dos.
La segunda estrofa, que plantea el deseo de libertad del recluso, está compuesta por 14 palabras el primer par de versos y 11 palabras las últimas dos líneas de versos. En total la estrofa tiene 25 palabras.
El poema completo está logrado con 52 palabras.
Hay seis elementos claves, de fuerza que remiten a la libertad. Sucede con la gaviota, el mar, la luz, las alas, el vuelo, el aire, en oposición a “la reja de mi blanca celda”. No menciona el recluso pero está ahí, tácito, explícito, contemplativo. Es el personaje que mira con azoro la gaviota, detrás de la reja, que se alza y vuela. Mira “el ave grácil”, se maravilla con su vuelo, pero está de fondo el paisaje marino, impetuoso, de fuertes olas y que Juan Bosch describe con la imagen:
“el mar despeina su melena azul”.
El poema “Anhelos” es una impresionante pieza estética, pero al mismo tiempo es un referente histórico y constituye la prueba de un amor real, que existió y, con el tiempo, daría sus frutos.
En el plano estético se trata de un poema con una estructura interna que toca la sensibilidad. Tiene atributos muy singulares, poéticos y literarios. Nadie había descrito el vuelo de una gaviota tan estéticamente convincente, plástica, donde la lengua ayuda a transmitir un recurso mágico maravilloso:
Veo como se alza la gaviota y vuela,
como afanosa de volverse luz
La maravilla del poema está en estos versos sueltos:
“Tender las alas”, “desentumirlas, levantar el vuelo”, “cruzar los aires y llegar a ti”.
A través de ellos el poeta concentra la fuerza expresiva del conjunto y consigue un impulso poético impresionante, visual, cinético.
Escribir bien o con belleza no se refiere a escribir barroco o rebuscado. Se trata de buscar la nueva forma de ver las cosas. Pablo Neruda dice “bandera de dos alas” para referirse a una gaviota.
Pablo Neruda trabaja esa bellísima metáfora en un poema titulado “Oda a la gaviota”, naturalmente, escrito con posterioridad al de Juan Bosch, que resalta, igual que en “Anhelos”, la belleza de la gaviota, pero son dos contextos diferentes. Pablo Neruda canta a la gaviota en su individualidad poética cuando escribe versos como “barca lúcida”, “bandera de dos alas”, “cuerpo de plata”, “serenata del vuelo”, “tú, magnolia emplumada”; o “botón blanco del vuelo”.
Juan Bosch, en cambio, ve la gaviota como parte de un paisaje que remite a la libertad perdida. Se revela como una frontera, como un elemento de división entre dos realidades. Se trata del ejercicio de la libertad a través de un vuelo leve. Es el vuelo en sí un acto de libertad a través de un impulso visual y de un personaje que le da sentido: el preso de la torre del Homenaje. El impulso visual se transforma en un anhelo que se evoca cantándolo y contándolo.
En su esencia poética “Anhelos” es la crónica de un vehemente deseo de libertad.
En el título de este ensayo planteo que “La Gaviota” es una criolla que nació de un poema. El poema, ya lo dije, que se titula “Anhelos” dio vida a la criolla “La Gaviota”.
“Anhelos” fue el título que le puso Juan Bosch originalmente, sin sospechar que muchos años después, se convertiría en una canción.
El poema en su conjunto es una glosa de anhelos, la síntesis humana de Juan Bosch que canta a los espirituales, anhelos de libertad, anhelos de estar junto a sus seres queridos. Son Anhelos estéticos de un poeta joven, ya que Bosch, reitero, tenía 24 años; anhelos de un hombre joven que canta a la mujer amada. En “Anhelos” está la esperanza de recuperar la libertad perdida; anhelo de lo venidero. Se trata de un joven y de un poeta y un artista que es parte del poema.
Escribir bien o con belleza no se refiere a escribir bajo el estigma del barroco o de manera rebuscada, oscura. Se trata de buscar la nueva forma de ver las cosas. Pablo Neruda, en un rincón de su libro “Odas elementales” dice “bandera de dos alas” para referirse a una gaviota.
Qué sencillo es para un hombre ser lo que no es para escapar de su realidad, qué fácil es para un recluso ser una gaviota y que confiesa, a través del canto, “junto a la reja de su blanca celda” su “Indecible anhelo de tener las alas/ del ave grácil que se eleva así/ desentumirlas, levantar el vuelo, / cruzar los aires y llegar a ti”. Un “a ti” que le da un aire muy peculiar, dicho al final, ya que revela la existencia de un personaje, la mujer que el recluso ama; y lo espera.
Se trata de un “a ti” que le da fuerza al principio y justifican todos los anhelos que se juntan en el poema, y que evoca el recluso. Desde que empieza con el verso “Junto a la reja de mi blanca celda”, ya que nos pone, desde un primer momento, al tanto de que el poeta es un recluso arropado por el manto de la nostalgia. El segundo verso: “el mar despeina su melena azul”, es la descripción de un paisaje marino. Un paisaje que se complementa con el elemento animal Gaviota, y que hace que el recluso-poeta cante: “Veo como se alza la gaviota y vuela, como afanosa de volverse luz”.
El anhelo es un deseo vehemente.
El poema “Anhelos” apuesta por el triunfo de ideales propios, de recónditos anhelos humanos, que estéticamente tienen una validez de primer orden. Son anhelos del corazón. Anhelos de paz, anhelos de renovación, de transmutación de una realidad por otra.
Es un canto de los anhelos del hombre por su liberación.
“La Gaviota” fue el titulo que le puso Fernando Casado. Y con el que vivirá eternamente. No fue, sin embargo, el primero que la grabó. Fellita y Cola fueron los primeros que la cantaron. Entonces era sólo “Anhelos”, con música de Julio Gautreau.
La historia de por qué “Anhelos nació en la celda de una prisión es la siguiente. En enero de 1934 Juan Bosch es apresado por la policía de Trujillo, conducido primero a la Fortaleza Ozama y luego a Nigua. El poema nació en la Fortaleza Ozama. Entonces compartía celda con Julio Gautreau. Juan Bosch estaba acusado de conspirar contra el régimen, y Gautreau por un asunto de honor, que terminó en riña con agravamiento.
Entonces Juan Bosch no se había casado, pero estaba de compromiso con Isabel García Aguiar. Se casa con ella varios meses después, el 19 de junio de 1934. La poesía “Anhelos” fue un homenaje que hizo Bosch a ese amor por su esposa de entonces, madre de los dos primeros hijos: León y Carolina.
La Gaviota, de poema a criolla
El poema “Anhelos” constituye el único texto en versos que ha viajado con mayor apoyo a través del tiempo. El viaje no lo ha hecho solo, sino amarrado a la música, a voces inmortales del cancionero dominicano, ya que importantes artistas y compositores han aportado para su inmortalidad.
A través del tiempo; y por diversas razones, le han puesto voz los cantantes Fellita Puello Cerón, Nicolás Casimiro, Fernando Casado, Maridalia Hernández, Edilí, Milagros Hernánez, La Loba, Virna García, Sergio Vargas, Jackeline Estévez, Adalgisa Pantaleón.
Fernando Casado y “La gaviota”
En honor a la verdad histórica ningún dominicano ha aportado tanto a la inmortalidad de ese poema de Juan Bosch que Fernando Casado.
Euclides Gutiérrez Félix pone en contacto a Fernando Casado con el poema. Eso sucedió 25 o 30 años atrás, en las oficinas de la publicitaria Damaris; y que luego pasaría a llamarse Young and Rubicam Damaris. Allí, en la sala de espera, se encontraron el cantante y el abogado.
–Fernando -dijo Euclides-, ¿tú conoces una criolla de Juan Bosch?
–No sabía que el profesor Juan Bosch tuviera una criolla.
–Sí. El texto es muy breve, pero tiene unas letras bellísimas –dice Euclides mirando el rostro interesado de Fernando Casado– creo que está aquí, en algún lugar de una libreta que siempre llevo conmigo.
Extrajo, como del arcón que guarda un tesoro, una pequeña libreta negra, escribió muchos años después Fernando Casado. Buscó en ella; y sin titubeos desprendió una paginilla de letras minúsculas. Como un padre a un hijo me entregó aquellos versos del alma como se entrega una hija en un altar. (1)
El poema tiene un título de una palabra muy sugestiva: “Anhelos” y es muy breve, con dos estrofas de cuatro versos. Están transcritos con las letras del político e historiador Euclides Gutiérrez Félix. Fernando Casado, ajeno a su destino, extiende la mano, toma el papelito y lee el poema dos veces. Primero en silencio, luego en voz alta:
Junto a la reja de mi blanca celda
el mar despeina su melena azul,
veo como se alza la gaviota y vuela,
como afanosa de volverse luz
Indecible anhelo de tender las alas,
del ave grácil que se eleva así
desentumirlas, levantar el vuelo,
cruzar los aires y llegar a ti.
El maestro Fernando Casado confirma que las letras son bellísimas, cautivadoras y pregunta por la música.
-Háblate con Julio Gautreau, o con Cabito, su hijo, que él te puede decir sobre la música.
El artista se despide de Euclides Gutiérrez Félix; y sin darle las gracias se marcha con el poema. Desde su casa llama al periodista Bonaparte Gautreaux Piñeyro a la oficina. Hablan de la criolla de Juan Bosch y pregunta por la música. Gautreaux le dice que no la tiene, pero que puede recordarlas. Pide a Fernando Casado que lo llame a la casa, a las 5:00 de la tarde. A esa hora ya habrá regresado de la oficina. Entonces, espera y justamente a la hora, llama. Gautreaux le dice que aguarde, va por su saxofón, regresa y se pone al teléfono.
Fernando Casado escucha a través del aparato las notas de la criolla. Está atento, muy concentrado, con el cuidado de no perder el hilo de la melodía. Cuando concluye le pide a Gautreaux que le toque la melodía otra vez.
El maestro Fernando Casado, naturalmente, puso su voz inmortal a la criolla de Juan Bosch; y además la rebautizó con el nombre de “La gaviota”. El nuevo título tuvo un impacto desde el primer momento; y cuenta él que tomó la decisión porque el otro título, “Anhelos”, resultaba intrascendente. Eso lo hizo sin consultar a Juan Bosch.
“La llamé “La gaviota” porque la sentí aletear como grito ansioso de libertad. El poeta significaba sus esperanzas en vuelo libérrimo sobre los acantilados y las parras, mientras cada minuto escondía la muerte.”(2)
En cuanto al nuevo nombre, dijo Casado: Bosch lo entendió y aceptó desde el principio. “Es elocuente el hecho de que nunca, por encima de un marcado temperamento sensiblemente exigente, jamás me dijo una palabra de disgusto, un simple comentario con respecto al cambio de título para su criolla.”(3)
Una gaviota en la tumba
La gaviota tenemos que concebirla como el ave preferida y, esencialmente, el símbolo que sintetiza todo el patrimonio cultural de Juan Bosch. Está en dos momentos cumbres de su existencia. La encontramos al principio de su carrera literaria, cuando levanta vuelo con su poema “Anhelos”, firmado por un joven poeta bohemio; y en su tumba, coronando el final de su vuelo.
La tumba donde descansa Juan Bosch en La Vega fue concebida como un mausoleo, cuya estructura, totalmente en mármol, posee una gaviota suspendida en el aire. La gaviota es un ave tenaz. Se caracteriza porque no retrocede ante las dificultades de su vuelo.
Hay un mensaje que reza: “Ahora que ya alcanzas tu perfil más alto, florecerá en las huellas de peregrino, un presente profundo que esparcirá su esencia día a día como agua viva brotando de su ejemplo”. Junto a su última morada hay un jardín que posee porciones de tierra de Costa Rica, Puerto Rico, España, Venezuela, Ecuador, Chile y Cuba, siete naciones en las que vivió Bosch. En ellas fueron colocadas 27 rosas blancas y 12 jazmines, que representan la custodia de los doce apóstoles por su eterno descanso.
La gaviota que inspiró a Juan Bosch murió hace muchos años, de manera anónima. Se sabe que las gaviotas viven hasta 40 años en cautiverio y 36 en libertad, volando por la costa. En cambio, esta hermosa canción “La gaviota”, que nació de las letras del poema “Anhelos”, vivirá eternamente en el alma y el cancionero de los dominicanos.
Notas
1. Casado, Fernando. “Euclides Gutiérrez… duende inesperado”. Periódico Hoy, suplemento Areito. Sábado 28 de junio de 2008. Pág. 7. Santo Domingo, República Dominicana.
2. Ibidem.
3. Ibidem.
Juan Bosch: el origen de un nombre
Por Rafael García Romero
El Juan Bosch que había llegado del exilio para correr como candidato a la Presidencia de la República, inmediatamente después del ajusticiamiento de Rafael Leonidas Trujillo, era un hombre cincuentón, de aventajada estatura, canoso. Pocas personas recordaban que de joven había sido rubio. De ojos verdes, mirada penetrante y manos grandes, fuertes, acogedoras. A todo el que saludaba lo percibía inmediatamente; fumador empedernido. Sólo consumía Cremas sin filtro. Tenía los dedos de la mano derecha estropeados por la nicotina.
El tabaco marcó una generación de líderes latinoamericanos. Fidel Castro fumaba habanos y Juan Bosch sólo cigarrillos; y los dos decidieron dejar de fumar. Uno y otro entendieron que había que predicar con el ejemplo y abandonaron el vicio.
La radio resultó un vehiculo idóneo para la época. El político hablaba a través del programa “Tribuna Democrática” y su voz, con un mensaje nuevo y distinto para los dominicanos, resultaba agradable, convincente y cautivadora. Hablaba y tenía plena conciencia porqué lo hacia. El dominicano era un pueblo con una deuda social inmensa y un atraso político impresionante. Cada alocución, cada discurso escrito y expuesto, igual que todas las conferencias que dictaba en distintos escenarios del país, tenían como meta educar, ensanchar el horizonte cultural y político de los dominicanos. No importaba qué dijera; siempre era interesante escucharlo. Nadie le decía Juan Bosch, a la hora de abordarlo directamente, aunque ese era su nombre. A lo sumo la primera frase hacia él era "Don Juan" o simplemente "Profesor Bosch", con mucho respeto y condescendencia.
No era habitual escuchar en sus labios el “yo”, tampoco que hablara de sí mismo.
Una vez, inevitablemente, lo hizo; y habló de él, pero para citar un consejo que recibió de Pedro Henríquez Ureña (1). A quien conoció en República Dominicana, cuando era un alto funcionario público.
El hijo de la poetisa Salomé Ureña tenía 47 años y el autor de La mañosa contaba con 23 años de edad. Entonces el humanista y maestro buscó con cuidado las palabras para transmitirle la idea que quería comunicarle; y le sugirió que hiciera una poda a su nombre y lo usara siempre de manera invariable. Muchos años después lo explicó de la forma siguiente: "Si el nombre con que se me conoce es de dos sílabas, se lo debo a Pedro Henríquez Ureña porque un buen día, cuando yo andaba por los veinte y tres años, el ilustre ensayista me aconsejó que no siguiera usando la E que aparecía en cada uno de los cuentos que publicaba en Bahoruco, la revista de Horacio Blanco Fombona (2), metida y seguida de un punto entre las palabras Juan y Bosch".
El consejo le sirvió para hacer historia. Explicó que Henríquez Ureña entonces era el Superintendente General de Enseñanza (3); y que todavía la alta dirección de la educación pública dominicana no estaba encabezada por un secretario de Estado. Juan Bosch habló con él en la casa de la calle El Conde donde vivía con su hermano, el doctor Rodolfo Henríquez Laurazón (4), que había venido de Cuba, donde la única universidad del país, la de La Habana, había sido cerrada por la dictadura de Gerardo Machado. "En esa ocasión que no era la primera fui a verlo para llevarle dos cuentos que don Pedro quería mandar a revistas literarias del Continente, una de ellas la bien conocida Repertorio Americano que publicaba en la capital de Costa Rica el cuentista Joaquín García Monge (5), y los dos cuentos iban firmados por Juan Bosch en vez del "Juan E. Bosch", que había sido el nombre usado por mi hasta ese día.
El profesor recordaba que una semana antes, "el maestro de la lengua que era Pedro Henríquez Ureña me había preguntado, en ocasión en que nos hallábamos en el Café Paliza, de la calle El Conde, qué quería decir esa E que aparecía entre Juan y Bosch. "Es que yo me llamo Juan Emilio", le respondí, y pasé a explicarle quo como no me gustaba el último nombre usaba solo su inicial; y en la ocasión en que me aconsejaba, poco después, que no usara más la E me dijo: "Olvídese de esa E, que para lo único que le sirve a usted es para confundir a sus lectores", y a seguidas inquirió: "¿Para qué pone usted una letra sola en medio de un nombre tan sonoro como Juan y su apellido, que se pronuncia sin ningún esfuerzo?". Y remachó lo que estaba diciendo con estas palabras: "En cambio, es muy fácil recordar un nombre de dos sílabas, por ejemplo, Juan Bosch, como era fácil de recordar Mark Twain" (6).
La historia de su vida daría un vuelco. El nombre usado por él hasta ese día murió. Entonces, gracias a Pedro Henríquez Ureña nació otra vez, como hombre, escritor y político; y se llamó, eternamente, Juan Bosch.
Notas.
1. Pedro Henríquez Ureña (República Dominicana 1884-1946, Argentina) era el segundo hijo del matrimonio del doctor, abogado y ex presidente de la República Francisco Henríquez y Carvajal y la poetisa y educadora dominicana Salomé Ureña; además medio hermano, por lo tanto, de Rodolfo Henríquez Laurazón y Enrique Cotubanama Henríquez. Autor de una variedad de obras, entre ellas Seis ensayos en busca de nuestra expresión y El español en Santo Domingo.
2. Horacio Blanco Fombona (Venezuela, 1889-1950). Periodista venezolano radicado en nuestro país. Editor de la revista Bahoruco, cuya labor periodista la desarrollo en dos publicaciones. El Domingo y la revista Letras fue expulsado del país en 1920. La revista letra fue cerrada "por haber publicado el retrato del campesino cibaeño Cayo Báez, mostrando las cicatrices que le causaron con hierro candente" los torturadores del oficial Buckalon.
3. Pedro Henríquez Ureña llega al país el día 22 de diciembre del año 1931. Rafael Leonidas Trujillo lo nombra Superintendente General de Enseñanza y toma posesión el 31 de diciembre de 1931. Y deja el cargo mediante una licencia temporal. Abandona el país el 29 de junio de 1933. Se embarcó por Puerto Plata hacia París y no regresa jamás. En ese periodo Juan Bosch sólo había publicado el 4 de octubre de 1931 dos poemas en el Listín Diario con la firma de Juan E. Bosch. En cuanto a Camino real, su primer libro de cuentos, lo publicó el 24 de noviembre de 1933. Pedro Henríquez Ureña se había marchado seis meses antes de República Dominicana.
4. Rodolfo Henríquez Laurazón. Hijo de Francisco Henríquez y Carvajal y Natividad Laurazón, y Enrique Cotubanama Henríquez Laurazón; fundador, junto a Juan Bosch del Partido Revolucionario Dominicano en Cuba; además medio hermano, por lo tanto, de Fran, Pedro, Max y Camila Henríquez Ureña, fruto del matrimonio Henríquez Ureña.
5. Joaquín García Monge. Intelectual y político costarricense, una de las auténticas glorias del pensamiento nacional. Nació en Desamparados el 20 de enero de 1881. Fue escritor, creador y editor por 40 años de la renombrada revista Repertorio Americano, fundada en 1919. El presidente Francisco Aguiar Barquero lo nombró Ministro de Educación en 1919; y en 1920 fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional durante 16 años. Murió el 31 de octubre de 1958.
6. Mark Twain (1835-1910) fue el célebre seudónimo de Samuel Langhorne, escritor y humorista estadounidense. Nació en Florida (Missouri) el 30 de noviembre de 1835. Entre sus obras se pueden citar: Las aventuras de Tom Sawyer (1876), Las aventuras de Huckelberry Finn (1884) y Un yanqui en la corte del Rey Arturo (1889). Murió el 21 de abril de 1910 en Nueva York.
Cuentos que arrancan la vida
Por Rafael García Romero
El éxito de un buen cuento, que cautive al lector desde sus primeras líneas, está en la conquista y desarrollo eficaz, indudablemente, de una idea sólida y promisoria.
Una idea de partida tiene que ser robusta, resistente y consistente, como la base de un edificio. Esa asociación constituye el punto de apoyo idóneo e imprescindible para empezar un proyecto; y de igual forma funciona para escribir un cuento.
El escritor de ficción, a veces, se apasiona con una idea literaria. Esa idea contribuye poderosamente -y da sus frutos- a la hora de sentarse a escribir un cuento, pero un buen cuento, un cuento que al leerlo uno sienta que le arranca la vida, sólo se escribe con ideas fundamentales. De hecho, una idea literaria ya es mucho, porque constituye una imagen. O, dicho de una forma más sencilla, en una idea está la revelación de un aluvión de imagenes; y tiene, en cierta forma, el valor de una perla rustica, que aun encerrada en su concha, prefigura el primer ensarte de un bello collar. Así funciona la idea, constituye en sí una figura en bruto, un indicio, la primera pieza de algo mayor, una metáfora en ciernes que grita y pide que se le tome en cuenta.
El cuento “Alicia en el País de las Maravillas” es un texto inmortal de literatura, fruto de una brillante idea trabajada por el matemático y escritor británico Charles Lutwidge Dodgson, que escribía bajo el seudónimo de Lewis Carrolll; y una idea fueron originalmente los cuentos “Las aventuras de Pinocho”, de Carlo Collodi; “El soldadito de plomo”, de Hans Christian Andersen; “El gato con botas”, de Charles Perrault; “Hansel y Gretel”, de los Hermanos Grims; “Los viajes de Gulliver”, de Jonathan Swift; “Peter Pan”, de James Matthew Barrey; igual sucedió con cuentos para un público más exigente, como “La gallina degollada”, "A la deriva" y "El hombre muerto", de Horacio Quiroga; "La lluvia", de Uslar Pietri; "Luvina", y "¡Diles que no me maten!", de Juan Rulfo; “El informe de Brodie”, “El Aleph”, "El impostor inverosímil Tom Castro", de Jorge Luis Borges;"La lluvia de fuego", y "Los caballos de Abdera", de Leopoldo Lugones; "La cena", de Alfonso Reyes; “La mujer”, “Dos pesos de agua”, “La Noche Buena de Encarnación Mendoza”, de Juan Bosch; “La casa tomada”, “La autopista del Sur” y "La noche boca arriba", de Julio Cortázar.
Todos esos cuentos han desafiado el tiempo. Muchos tienen siglos de existencia y todavía son parte de la cultura de los pueblos. Una idea fuerte es el vínculo común entre ellos. Están edificados sobre una idea robusta, resistente y consistente. Ese, y no otro, constituyen su inequivoco punto de partida. Es fundamental empezar a escribir con el apoyo de una idea fuerte. Una idea es el corazón, el inicio de todo cuento. Una vez se nos revela un cuento a través de una idea, también inmediatamente se nos abre un campo maravilloso de trabajo, el enfoque, la propuesta de los personajes, si habrá diálogo directo, con apoyo del narrador, su tono, las circunstancias y su carácter.
Una idea, ya anotada, hay que trabajarla tomando en cuenta su fragilidad, porque las “ideas geniales” tienen un ciclo de vida muy corto. No hay nada que se parezca tanto a una burbuja de jabón que una idea genial para escribir un cuento. Necesita un ambiente propicio para crcer y formarse. Si hace viento no se forma; y si nace se aleja para perderse inmediatamente en el horizonte. El secreto para sacarle provecho a las ideas y que tengan una utilidad práctica e imperecedera está en concebirla igual como la magia del soplo humano forma la burbuja y le da vida, pero contrario a como ocurre con la burbuja, hay que saber reventar la idea, hay que hacerla parir el cuento, antes de que el viento se la lleve.
No hay en la historia de la literatura un cuento que antes no fuera una idea.
Hay muchos puntos de partida para salir a camino con un cuento, pero ¿qué hace a un cuento bueno? En esta categoría de un buen cuento, bien escrito, con una historia estremecedora, que tenga un gran principio y cierre con un final eficaz, entran muchos factores. Un punto de partida importante es trabajar con una idea literaria nueva, singular y única. Eso contribuye a escribir un cuento, pero, como ya se ha dicho, un buen cuento no sólo se escribe con ideas fuertes.
Un escritor que no trabaje con rigor, o que presente sus personajes con desgarbo y dejadez, traiciona un fin esencial en la narrativa, ya que los cuentos están hechos de la materia de sus personajes. Si un escritor les falla a sus personajes crea una onda expansiva de caídas y defectos. Esa situación afectará, en principio, la lógica de vínculos que directa o indirectamente se da entre los personajes. En principio puede que no lo perciba conscientemente; pero luego sí, en la fase de observar el comportamiento de los personajes en su entorno: porque un cuento funciona como una estructura armónica, y cuando un escritor falla en la construcción de un personaje, la estructura y el funcionamiento de los demás personajes del cuento se afectan. Esa sincronía empática que hay, que se construye con absoluta deliberación entre los personajes se llama complicidad o fase de conexión.
El manejo de una idea y el uso apropiado del lenguaje hicieron, con el paso destiempo, que textos de importantes escritores adquieren la categoría de cuentos universales.
Esa condición hizo posible la articulación de una lista de autores y títulos de “Cuentos que arancan la vida”, ya que tienen la virtud de atrapar la atención del lector desde su principio.
Una parte muy importante de los autores de los cuentos son hispanoamericanos, como el laureado Premio Nobel Gabriel García Márquez; el inmortal Horacio Quiroga, el maestro del cuento; Juan Bosch. Otra parte, menor, corresponde a varios escritores dominicanos; y una inmensa mayoría son escritores de múltiples naciones, traducidos al español.
A modo de incitación ofrezco los títulos de algunos de ellos; a la vez que los invito a conocer su texto íntegro y la de otros cuentos, a través del site: http://www.ciudadseva.com
A imagen y semejanza, de Mario Benedetti
A la deriva, de Horacio Quiroga
A las aguas, de Guy de Maupassant
Abandonado, de Guy de Maupassant
Abuela Julieta, de Leopoldo Lugones
Accidentado paseo a Moka, de Roberto Arlt
Accidente, de Naguib Mahfuz
Accidente ferroviario, de Thomas Mann
Aceite de perro, de Ambrose Bierce
Acerca de la muerte de Bieito, de Rafael Dieste
Adiós Estefanía, de Rafael García Romero
Acuérdate, de Juan Rulfo
Acuérdate de Azerbaijan, de Roberto Arlt
Aforismos, de Augusto Monterroso
Agrimensor Bene Nio, de Juan Rodolfo Wilcock
Aguafuerte, de Rubén Darío
Agudeza gascona, de Marqués de Sade
Agustina de Villeblanche o la estratagema del amor, de Marqués de Sade
Al buen callar..., de Emilia Pardo Bazán
Al otro lado de la pared, de Ambrose Bierce
Alejandrina, de Juan José Arreola
Alexandre, de Guy de Maupassant
Algo había sucedido, de Dino Buzzati
Algo muy grave va a suceder en este pueblo, de Gabriel García Márquez
Almuerzo y dudas, de Mario Benedetti
Amar hasta fracasar, de Rubén Darío
Amenazas, de William Ospina
Amigas de pensionado, de Villiers de L'Isle Adam
Amor, de Clarice Lispector
Amor, de Guy de Maupassant
Amor a la vida, de Jack London
Amor y odio, de Gibrán Jalil Gibrán
Ana Isabel, de Hans Christian Andersen
Anastasio, de Giovanni Boccaccio
Angéline o la casa encantada, de Émile Zola
Aniuta, de Anton Chejov
Aniversario, de Joaquim Ruyra
Ansia, de Anónimo
Ante la ley, de Franz Kafka
Anteprólogo de "El conde Lucanor", de Versión original Juan Manuel
Antonia, de Villiers de L'Isle Adam
Anuncio Juan José Arreola
Anécdota pecuniaria J. M. Machado de Assis
A puro dolor, de Rafael García Romero
Aparición, deGuy de Maupassant
Aparición del tritón, de Ramón Gómez de la Serna
Aquel viejo, de viejo vino, de Gibrán Jalil Gibrán
Aquella muerta, de Ramón Gómez de la Serna
Aquellos días en Odessa, de Heinrich Böll
Arabia, de James Joyce
Arcilla, de James Joyce
Argumentos anotados por Nathaniel Hawthorne, de Nathaniel Hawthorne
Arte y vida, de Enrique Anderson Imbert
Arthur Jermyn, de H.P. Lovecraft
Aserrando una rama, de Anónimo
Asomándose desde la Abrupta Costa, de Italo Calvino
Aurore y Aimée, de Jeanne Marie Le Prince de Beaumont
Aventura incomprensible..., de Marqués de Sade
Axolotl, de Julio Cortázar
Ayer, hoy y mañana, de Gibrán Jalil Gibrán
Azathoth, de H.P. Lovecraft
Años, de Cesare Pavese
Baby H. P., de Juan José Arreola
Bajo el sauce, de Hans Christian Andersen
Baltasar Gérard, de Juan José Arreola
Banquete de boda, de Emilia Pardo Bazán
Barba Azul, de Charles Perrault
Barba Azul, de Charles Perrault
Bartleby, de Herman Melville
Basilisa la Hermosa, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
Beatriz, de la polución, de Mario Benedetti
Bendición, de Rabindranath Tagore
Benedictino, de Leopoldo Alas (Clarín)
Benito Cereno, de Herman Melville
Berenice, de Edgar Allan Poe
Best seller, de O. Henry
Bienvenido, de Bob, de Juan Carlos Onetti
Birouk, de Iván Turgueniev
Blanco y azul, de Guy de Maupassant
Bola de Sebo, de Guy de Maupassant
Boles, de Máximo Gorki
Buitres, de Franz Kafka
Bâtard, de Jack London
Caballo imaginando a Dios, de Augusto Monterroso
Calidoscopio, de Ray Bradbury
Campanilla, de Guy de Maupassant
Campeones, de Pedro Juan Soto
Campesinos, de Guy de Maupassant
Canción de amor, de Gibrán Jalil Gibrán
Canto y baile, de Manuel Rojas
Cantó un gallo, de Guy de Maupassant
Cara de luna, de Jack London
Carga fúnebre, de Rafael García Romero
Clemátide, de Rafael García Romero
Cariños de familia, de Guy de Maupassant
Carrera inconclusa, de Ambrose Bierce
Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos, de Juan José Arreola
Carta a una señorita en París, de Julio Cortázar
Carta de un loco, de Guy de Maupassant
Carta que se encontró a un ahogado, de Guy de Maupassant
Casa tomada, de Julio Cortázar
Caso, de Emilia Pardo Bazán
Casualidad, de Emilia Pardo Bazán
Catorce pies, de Alexandr Grin
Cañuela y Petaca, de Baldomero Lillo
Celefais, de H.P. Lovecraft
Cielo negro, de Néstor Caro.
Chac Mool, de Carlos Fuentes
Chacales y árabes, de Franz Kafka
Chertogón, de Nikolái Semënovic Leskov
Chickamauga, de Ambrose Bierce
China, de José Donoso
Ciappelletto, de Giovanni Boccaccio
Circe, de Julio Cortázar
Cirugía, de Anton Chejov
Claro de luna, de Guy de Maupassant
Clave, de Emilia Pardo Bazán
Cláusula testamentaria, de J. M. Machado de Assis
Coco, de Guy de Maupassant
Cielo Negro, de Nestor Caro
Comedia, de Emilia Pardo Bazán
Cometaria, de Emilia Pardo Bazán
Compatibles, de Emilia Pardo Bazán
Con Dios, de Gibrán Jalil Gibrán
Con el petate a cuestas, de Joris Karl Huysmans
Condecorado, de Guy de Maupassant
Conducta en los velorios, de Julio Cortázar
Confesiones de una mujer Guy de Maupassant
Continuidad de los parques, de Julio Cortázar
Corazonada, de Mario Benedetti
Corrido, de Juan José Arreola
Cosas viejas, de Guy de Maupassant
Crates, de cínico, de Marcel Schwob
Crónica, de Guy de Maupassant
Cuento azul, de Marguerite Yourcenar
Cuento de espantos, de José Emilio Pacheco
Cuento de horror, de Juan José Arreola
Cuentos de amor, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos de Canterbury, de Geoffrey Chaucer
Cuentos de la patria, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos de la tierra, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos de Marineda, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos de Navidad y Año Nuevo, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos de Navidad y Reyes, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos del terruño, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos dramáticos, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos nuevos, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos para tahúres, de Rodolfo Walsh
Cuentos sacroprofanos, de Emilia Pardo Bazán
Cuentos trágicos, de Emilia Pardo Bazán
Cuerno y marfil, de Enrique Anderson Imbert
Cuerpo de mujer, de Ryonusuke Akutagawa
Cuerpo y alma, de Gibrán Jalil Gibrán
Culpa ajena, de Alexandr Grin
Cándido o el optimismo, de Voltaire
Cómo acercarse a las fábulas, de Augusto Monterroso
Dagón, de H.P. Lovecraft
Dan Auta, de José Ortega y Gasset
De balística, de Juan José Arreola
De la oscuridad, de H.P. Lovecraft
De los Apeninos a los Andes, de Edmundo de Amicis
Dejar a Matilde, de Alberto Moravia
Dejar de ser mono, de Augusto Monterroso
Demasiado caro, de León Tolstoi
Dentro y fuera, de Hermann Hesse
Descendencia, de Ángel Guache
Descenso al Maelstrón, de Edgar Allan Poe
Desde el pescante del cochero, de O. Henry
Después, de Guy de Maupassant
Después de 20 años, de O. Henry
Después de la carrera, de James Joyce
Después del almuerzo, de Julio Cortázar
Después del baile, de León Tolstoi
Diario de un loco, de Nicolai Gogol
Diario de un viajero, de Guy de Maupassant
Dios, de Gibrán Jalil Gibrán
Dios ve la verdad pero no la dice cuando quiere, de León Tolstoi
Discurso provenzal, de Marqués de Sade
Diálogo entre un sacerdote y un moribundo, de Marqués de Sade
Diálogo sobre un diálogo, de Jorge Luis Borges
Dos amigos, de Guy de Maupassant
Dos galanes, de James Joyce
Dos hermanos, de Hans Christian Andersen
Dos imágenes en un estanque, de Giovanni Papini
Dos pesos de agua, de Juan Bosch
Dos poemas, de Gibrán Jalil Gibrán
Dos sabios, de Leopoldo Alas (Clarín)
Dos seres iguales, de Gibrán Jalil Gibrán
Doña Ruth, de Gibrán Jalil Gibrán
Duplicados, de James Joyce
Día de lluvia, de Rabindranath Tagore
Día festivo, de Guy de Maupassant
Efemérides en el comité, de James Joyce
Ejercicio de artillería, de Roberto Arlt
El "rosier" de la señora Husson, de Guy de Maupassant
El abanderado, de Alphonse Daudet
El abate Aubin, de Próspero Mérimée
El abrigo, de Nicolai Gogol
El acusado, de Naguib Mahfuz
El adivino, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El ahijado, de León Tolstoi
El ahogado, de Baldomero Lillo
El alcahuete castigado, de Marqués de Sade
El alegre mes de mayo, de O. Henry
El Aleph, de Jorge Luis Borges
El alienista, de J. M. Machado de Assis
El alma de la máquina, de Baldomero Lillo
El alma de sirena, de Emilia Pardo Bazán
El almohadón de plumas, de Horacio Quiroga
El alquimista, de H.P. Lovecraft
El amante liberal, de Miguel de Cervantes Saavedra
El amante rechazado, de Alberto Moravia
El amo confiado y el criado inocente, de Mateo Bandello
El amo de Moxon, de Ambrose Bierce
El anillo de Thoth, de Arthur Conan Doyle
El antepasado, de Emilia Pardo Bazán
El aparecido, de Marqués de Sade
El arca y el aparecido, de Stendhal
El aristócrata solterón, de Arthur Conan Doyle
El armario viejo, de Charles Dickens
El asalto al gran convoy, de Dino Buzzati
El asedio, de Emilio Díaz Valcárcel
El asesino Guy de Maupassant
El astrónomo, de Rabindranath Tagore
El balcón, de Felisberto Hernández
El barco naufragado, de Guy de Maupassant
El barril de amontillado, de Edgar Allan Poe
El barrilito, de Guy de Maupassant
El Barón de Grogzwig, de Charles Dickens
El bautizo, de Guy de Maupassant
El beso, de Anton Chejov
El bigote, de Guy de Maupassant
El blanco y el negro, de Voltaire
El borracho, de Guy de Maupassant
El bosque y la estepa, de Iván Turgueniev
El bosque raíz laberinto, de Italo Calvino
El burlado, de Jack London
El burro, de Guy de Maupassant
El burro y la flauta, de Augusto Monterroso
El Caballero de Azor, de Juan Valera
El camaleón, de Anton Chejov
El Camaleón que finalmente no sabía..., de Augusto Monterroso
El campesino, el oso y la zorra, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El canario, de Katherine Mansfield
El canto del gallo, de Villiers de L'Isle Adam
El caos reptante, de H.P. Lovecraft
El carbunclo azul, de Arthur Conan Doyle
El cartero malo, de Rabindranath Tagore
El casamiento engañoso, de Miguel de Cervantes Saavedra
El caso de la doncella perfecta, de Agatha Christie
El caso de la señorita Amelia, de Rubén Darío
El caso de lady Sannox, de Arthur Conan Doyl
El caso del bungalow, de Agatha Christie
El caso del desfiladero de Coulter Ambrose Bierce
El cazador de orquídeas, de Roberto Arlt
El celoso extremeño, de Miguel de Cervantes Saavedra
El centenario, de Augusto Monterroso
El cerdito, de Juan Carlos Onetti
El cetro, de Gibrán Jalil Gibrán
El Chiflón del Diablo, de Baldomero Lillo
El clérigo incestuoso, de Margarita de Navarra
El clérigo malvado, de H.P. Lovecraft
El cocodrilo, de Felisberto Hernández
El cohete, de Ray Bradbury
El collar, de Guy de Maupassant
El colocolo, de Manuel Rojas
El colombre, de Dino Buzzati
El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes Saavedra
El color que cayó del cielo, de H.P. Lovecraft
El conductor del rápido, de Horacio Quiroga
El conejo, de Guy de Maupassant
El Conejo y el León, de Augusto Monterroso
El Convenio de sir Dominick, de Joseph Sheridan Le Fanu
El converso, de Juan José Arreola
El convidado de las últimas fiestas, de Villiers de L'Isle Adam
El corazón delator, de Edgar Allan Poe
El corazón verde, de Felisberto Hernández
El cornudo de sí mismo o la reconciliación inesperada, de Marqués de Sade
El corredor veloz, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El cortejo invisible, de Rabindranath Tagore
El crimen de la cinta métrica, de Agatha Christie
El Cristo del océano, de Anatole France
El cuarteto de cuerdas, de Virginia Woolf
El cuarto hombre, de Agatha Christie
El cuello de camisa, de Hans Christian Andersen
El cumpleaños de Vitalina, de Hilma Contreras.
El cuento de la isla desconocida, de José Saramago
El curioso impertinente, de Miguel de Cervantes Saavedra
El dedo, de Feng Meng lung
El demonio de la peste, de H.P. Lovecraft
El descuido, de Martín Buber
El deseo de ser un hombre, de Villiers de L'Isle Adam
El desierto, de Horacio Quiroga
El desierto, de Ray Bradbury
El destino de un hombre, de Mijail Sholojov
El diablo, de Guy de Maupassant
El diente de ballena, de Jack London
El diente roto, de Pedro Emilio Coll
El dinosaurio, de Augusto Monterroso
El discípulo, de Juan José Arreola
El disparo memorable, de Alexandr Puchkin
El doble sacrificio, de Juan Valera
El don Juan, de Benito Pérez Galdós
El drama del desencantado, de Gabriel García Márquez
El día no restituido, de Giovanni Papini
El dúo de la tos, de Leopoldo Alas (Clarín)
El eclipse, de Augusto Monterroso
El elfo del rosal Hans Christian Andersen
El elíxir de larga vida Honoré de Balzac
El emisario, de Ray Bradbury
El enamorado portugués, de Miguel de Cervantes Saavedra
El engaño del globo, de Edgar Allan Poe
El engendro maldito, de Ambrose Bierce
El entierro de la sardina, de Leopoldo Alas (Clarín)
El entierro de Roger Malvin, de Nathaniel Hawthorne
El entierro prematuro, de Edgar Allan Poe
El ermitaño, de Gibrán Jalil Gibrán
El ermitaño, de Guy de Maupassant
El enemigo, de Miguel Alfonseca
El escarabajo, de Hans Christian Andersen
El escudo de la ciudad, de Franz Kafka
El espectro, de Horacio Quiroga
El espejo que huye, de Giovanni Papini
El espejo que no podía dormir, de Augusto Monterroso
El esposo complaciente, de Marqués de Sade
El estudiante, de Anton Chejov
El evangelio según Marcos, de Jorge Luis Borges
El extraño, de H.P. Lovecraft
El fabricante de ataúdes, de Alexandr Puchkin
El fabulista y sus críticos, de Augusto Monterroso
El famoso cohete, de Oscar Wilde
El fantasma, de Enrique Anderson Imbert
El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde
El faro, de Juan José Arreola
El filósofo y el remendón, de Gibrán Jalil Gibrán
El fin, de Rabindranath Tagore
El fingimiento feliz (o la ficción afortunada), de Marqués de Sade
El foco, de Virginia Woolf
El fracaso, de Anton Chejov
El Gallito de Cresta de Oro, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El gallo de Sócrates, de Leopoldo Alas (Clarín)
El ganador, de Enrique Anderson Imbert
El gato del Brasil, de Arthur Conan Doyle
El gato negro, de Edgar Allan Poe
El gato que caminaba solo, de Rudyard Kipling
El gato y el ratón, de Gibrán Jalil Gibrán
El gato y la zorra, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El gato, el gallo y la zorra, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El gesto de la muerte, de Jean Cocteau
El gigante egoísta, de Oscar Wilde
El gigante Verlioka, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El gnomo, de Gustavo Adolfo Bécquer
El golpe de gracia, de Ambrose Bierce
El gordo y el flaco, de Anton Chejov
El gran experimento de Keinplatz, de Arthur Conan Doyle
El grillo maestro, de Augusto Monterroso
El grisú, de Baldomero Lillo
El grito del muerto, de H.P. Lovecraft
El guardagujas, de Juan José Arreola
El guardavía, de Charles Dickens
El guardia y la antífona, de O. Henry
El guardián del muerto, de Ambrose Bierce
El hallazgo, de Baldomero Lillo
El hijo, de Horacio Quiroga
El hipnotizador, de Ambrose Bierce
El hogar, de Rabindranath Tagore
El hombre de arena, de E.T.A. Hoffmann
El hombre de la sesera de oro, de Alphonse Daudet
El hombre de los cuarenta escudos, de Voltaire
El hombre de Marte, de Guy de Maupassant
El hombre de mi propiedad, de Giovanni Papini
El hombre del alfanje, de Alexandre Dumas
El hombre del labio retorcido, de Arthur Conan Doyle
El hombre del turbante verde, de Roberto Arlt
El hombre en la calle Georges Simenon
El hombre invisible, de Gabriel Jiménez Emán
El hombre muerto, de Horacio Quiroga
El hombre que contaba historias, de Oscar Wilde
El hombre que toca la flauta celestial, de Anónimo
El hombrecito, de Rabindranath Tagore
El hombrecito del azulejo, de Manuel Mujica Láinez
El Horla, de Guy de Maupassant
El horror de las sombras, de H.P. Lovecraft
El horror en la Playa Martin, de H.P. Lovecraft
El huérfano, de Guy de Maupassant
El héroe, de Rabindranath Tagore
El híbrido, de Franz Kafka
El ilustre amor, de Manuel Mujica Láinez
El imán, de Oscar Wilde
El incidente del Puente del Búho, de Ambrose Bierce
El infierno artificial, de Horacio Quiroga
El informe de Brodie, de Jorge Luis Borges
El infortunio, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El Inquisidor, de Francisco Ayala
El jardín encantado, de Italo Calvino
El jorobadito, de Roberto Arlt
El Josco, de Abelardo Díaz Alfaro
El joven Goodman Brown, de Nathaniel Hawthorne
El juez, de Rabindranath Tagore
El khan y su hijo, de Máximo Gorki
El lago, de Ray Bradbury
El legado, de Guy de Maupassant
El leve Pedro, de Enrique Anderson Imbert
El licenciado Vidriera, de Miguel de Cervantes Saavedra
El lino, de Hans Christian Andersen
El lisiado, de Guy de Maupassant
El lobo, de Guy de Maupassant
El loco, de Gibrán Jalil Gibrán
El loco, de Guy de Maupassant
El maestro, de Oscar Wilde
El mal zuavo, de Alphonse Daudet
El mandil de cuero, de Emilia Pardo Bazán
El manuscrito de un loco, de Charles Dickens
El mar cambia, de Ernest Hemingway
El marido cura, de Marqués de Sade
El marido escarmentado, de Marqués de Sade
El marido tuerto, de Margarita de Navarra
El marinero, de Rabindranath Tagore
El matadero, de Esteban Echeverría
El mechón de cabello, de Giovanni Boccaccio
El mendigo, de Guy de Maupassant
El mendigo de almas, de Giovanni Papini
El mercader, de Rabindranath Tagore
El miedo, de Guy de Maupassant
El miedo, de Ramón del Valle Inclán
El milagro secreto, de Jorge Luis Borges
El miserere, de Gustavo Adolfo Bécquer
El misterio, de Anton Chejov
El misterio de Copper Beeches, de Arthur Conan Doyle
El misterio del Valle de Boscombe, de Arthur Conan Doyle
El molino de viento, de Hans Christian Andersen
El monje furioso, de Anónimo
El monje y la hija del verdugo, de Ambrose Bierce
El mono que quiso ser escritor satírico, de Augusto Monterroso
El monte de las ánimas, de Gustavo Adolfo Bécquer
El muchacho que escribía poesía, de Yukio Mishima
El muerto, de Jorge Luis Borges
El mundo, de Augusto Monterroso
El mundo es algo chico, de Librado, de Pedro Antonio Valdez
El mundo del niño, de Rabindranath Tagore
El mundo tal como va, de Voltaire
El médico moreno, de Arthur Conan Doyle
El niño, de Guy de Maupassant
El niño espía, de Alphonse Daudet
El niño prodigioso, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El nuevo maestro, de Alphonse Daudet
El oficio de autor, de Rabindranath Tagore
El ojo del amo, de Italo Calvino
El origen del mal, de León Tolstoi
El or, deo Gibrán Jalil Gibrán
El otro vagabundo, de Gibrán Jalil Gibrán
El otro yo, de Mario Benedetti
El pabellón de Histeria, de Arthur Conan Doyle
El paciente interno, de Arthur Conan Doyle
El padre, de Guy de Maupassant
El padre de Simón, de Guy de Maupassant
El padre Sergio, de León Tolstoi
El pantano de la luna, de H.P. Lovecraft
El paraíso imperfecto, de Augusto Monterroso
El parto, de Franco Sacchetti
El paso castellano, de Marcel Prévost
El pastor Haíta, de Ambrose Bierce
El patriota ingenioso, de Ambrose Bierce
El país de las hadas, de Rabindranath Tagore
El pecho desnudo, de Italo Calvino
El pequeño escribiente florentino, de Edmundo de Amicis
El pequeño Tuk, de Hans Christian Andersen
El pequeño vigía lombardo, de Edmundo de Amicis
El perfil, de Baldomero Lillo
El perro que deseaba ser un ser humano, de Augusto Monterroso
El pez de oro, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El pie del diablo, de Arthur Conan Doyle
El poder de la infancia, de León Tolstoi
El pozo, de Baldomero Lillo
El pozo, de Guy de Maupassant
El precursor de Cervantes, de Marco Denevi
El presidente del jurado, de Charles Dickens
El primer destilador, de León Tolstoi
El principio, de Rabindranath Tagore
El prisionero de sí mismo, de Giovanni Papini
El profeta ermitaño, de Gibrán Jalil Gibrán
El prusiano de Belisario, de Alphonse Daudet
El príncipe Danilo, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El príncipe feliz, de Oscar Wilde
El pulgar del ingeniero, de Arthur Conan Doyle
El pájaro azul, de Rubén Darío
El péndulo, de O. Henry
El que inventó la pólvora, de Carlos Fuentes
El que no pudo amar, de Giovanni Papini
El rapto del sol, de Baldomero Lillo
El rastro de tu sangre en la nieve, de Gabriel García Márquez
El rayo de luna, de Gustavo Adolfo Bécquer
El reflejo, de Oscar Wilde
El regalo, de Rabindranath Tagore
El regalo de los Reyes Magos, de O. Henry
El regreso, de Emilio Díaz Valcárcel
El regreso, de Rafael Dieste
El reloj, de Pío Baroja
El relámpago, de Gibrán Jalil Gibrán
El remolque, de Baldomero Lillo
El repartidor de agua bendita, de Guy de Maupassant
El retrato, de Alfonso Rodríguez Castelao
El retrato oval, de Edgar Allan Poe
El rey, de Gibrán Jalil Gibrán
El rey burgués, de Rubén Darío
El Rey del Frío, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El Rey del Trébol, de Agatha Christie
El rey sabio, de Gibrán Jalil Gibrán
El rey Yu, de Hermann Hesse
El rinoceronte, de Juan José Arreola
El rinoceronte, de Juan José Arreola
El romance de un ocupado bolsista, de O. Henry
El rubí, de Rubén Darío
El ruido de un trueno, de Ray Bradbury
El ruiseñor y la golondrina, de Esopo
El ruiseñor y la rosa, de Oscar Wilde
El río, de Gibrán Jalil Gibrán
El sabueso, de H.P. Lovecraft
El sacerdote, de William Faulkner
El sacerdote y su amor, de Yukio Mishima
El salto, de León Tolstoi
El salto cualitativo, de Augusto Monterroso
El Salto del Pastor, de Guy de Maupassant
El secreto de Augusta, de J. M. Machado de Assis
El secreto del Barranco de Macarger, de Ambrose Bierce
El ser bajo la luz de la luna, de H.P. Lovecraft
El señor Achille, de Alphonse Daudet
El señor de los relojes, de Rafael García Romero
El silencio blanco, de Jack London
El silencio de las sirenas, de Franz Kafka
El sitio de Berlín, de Alphonse Daudet
El sol, de la luna y el cuervo, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El soldado, de Marcio Veloz Maggiolo
El soldado y la muerte, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El soldado y la muerte, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
El solicitante, de Ambrose Bierce
El sueño, de León Tolstoi
El sueño, de Mary Shelley
El sueño, de O. Henry
El suicida, de Enrique Anderson Imbert
El suicida sustituto, de Giovanni Papini
El sur, de Jorge Luis Borges
El sátiro sordo, de Rubén Darío
El pequeño mal, de Rafael García Romero
El talento, de Anton Chejov
El talismán, de Emilia Pardo Bazán
El tamborcillo sardo, de Edmundo de Amicis
El teatro es la vida, de O. Henry
El terremoto en Chile, de Heinrich von Kleist
El Terrible Anciano, de H.P. Lovecraft
El testamento, de Guy de Maupassant
El tic, de Guy de Maupassant
El traje del prisionero, de Naguib Mahfuz
El tratado naval, de Arthur Conan Doyle
El tren especial desaparecido, de Arthur Conan Doyle
El tres de septiembre, de Giovanni Papini
El trueque, de Gibrán Jalil Gibrán
El trágico, de Anton Chejov
El tullido, de Hans Christian Andersen
El vagabundo, de Baldomero Lillo
El vagabundo, de Guy de Maupassant
El valor de un dólar, de O. Henry
El vaso de leche, de Manuel Rojas
El velo de la reina Mab, de Rubén Darío
El vendedor de pararrayos, de Herman Melville
El verdugo, de A. Koestler
El bocal de seis flores, de Rafael García Romero
El Carillón, de Rafael García Romero
El vestido blanco, de Felisberto Hernández
El viejo, de Guy de Maupassant
El jabao, de Eric Simo
El taladro del tiempo, de Willian Dario Mejia
El viejo manuscrito, de Franz Kafka
El viejo Milon, de Guy de Maupassant
El viudo Turmore, de Ambrose Bierce
El zurdo, de José Alcántara Almánzar.
El álbum, de Anton Chejov
El ángel, de Hans Christian Andersen
El ángel, de Juan Rodolfo Wilcock
El árbol, de H.P. Lovecraft
El árbol de la ciencia, de Henry James
El árbol de la colina, de H.P. Lovecraft
El árbol del orgullo, de G.K. Chesterton
El árbol rosa, de Emilia Pardo Bazán
El último rostro, de Álvaro Mutis
Elda y Angotea, de Alexandr Grin
Elsa, de Felisberto Hernández
Embargo, de José Saramago
Emilia de Tourville o la crueldad fraterna, de Marqués de Sade
Empédocles, de supuesto dios, de Marcel Schwob
En el barrio no hay banderas, de René del Risco
En el bosque, de Ryonusuke Akutagawa
En el campo, de Anton Chejov
En el fondo del caño hay un negrito, de José Luis González
En el landó, de Anton Chejov
En el mar, de Guy de Maupassant
En el paseo de Sokólniki, de Anton Chejov
En el tren, de Leopoldo Alas (Clarín)
En la administración de correos, de Anton Chejov
En la cripta, de H.P. Lovecraft
En la droguería, de Leopoldo Alas (Clarín)
En la Feria, de Gibrán Jalil Gibrán
En la noche, de Ray Bradbury
En la oscuridad, de Anton Chejov
En la rueda, de Baldomero Lillo
En los baños públicos, de Anton Chejov
En los campos, de Guy de Maupassant
En memoria de Paulina, de Adolfo Bioy Casares
En una estación de ferrocarril, de Lafcadio Hearn
En verdad os digo, de Juan José Arreola
Encender una hoguera, de Jack London
Encuentro, de Guy de Maupassant
Encuentro nocturno, de Ray Bradbury
Enfermos y médicos, de Guy de Maupassant
Entrada de año, de Emilia Pardo Bazán
Entre dos silencios, de Hilma Contreras
Entonces nos daremos cuenta, de Rafael García Romero
Epitafio de una perra de caza, de Petronio
Epitafio encontrado en el cementerio Monte Parnaso de San Blas, de S.B., de Augusto Monterroso
Eróstrato, de incendiario, de Marcel Schwob
Es que somos muy pobres, de Juan Rulfo
Esa mujer, de Rodolfo Walsh
Ese cerdo de Morin, de Guy de Maupassant
Ese hombre, de Rodolfo Walsh
Espanto en las alturas, de Arthur Conan Doyle
Espantos de agosto, de Gabriel García Márquez
Espiral, de Enrique Anderson Imbert
Esqueleto, de Ray Bradbury
Estrella de plata, de Arthur Conan Doyle
Estudio en escarlata, de Arthur Conan Doyle
Ethan Brand, de Nathaniel Hawthorne
Eva, de Juan José Arreola
Eveline, de James Joyce
Ex oblivione, de H.P. Lovecraft
Extraordinaria historia de dos tuertos, de Roberto Arlt
Extraños nuevos amigos, de Dino Buzzati
Fausto y Dafrosa, de Emilia Pardo Bazán
Fecundidad, de Augusto Monterroso
Felicidad, de Katherine Mansfield
Felicidad clandestina, de Clarice Lispector
Fiesta en el jardín, de Katherine Mansfield
Final de una relación, de Alberto Moravia
Final para un cuento fantástico, de I.A. Ireland
Finilla, de Joaquim Ruyra
Floreo, de José Rijo.
Flores de las tinieblas, de Villiers de L'Isle Adam
Fomá Berénnikov, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
Francesca, de Leopoldo Lugones
Francisca, de León Tolstoi
Frritt Flacc, de Julio Verne
Georgie Porgie, de Rudyard Kipling
Giocoso Spelli, de Juan Rodolfo Wilcock
Gorrioncito, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
Gracias, de vientre leal, de Mario Benedetti
Graziella Link, de Juan Rodolfo Wilcock
Griselda, de Giovanni Boccaccio
Hablaba y hablaba..., de Max Aub
Halid Majid el achicharrado, de Roberto Arlt
Heraclitana, de Augusto Monterroso
Historia completamente absurda, de Giovanni Papini
Historia corsa, de Guy de Maupassant
Historia de fantasmas, de E.T.A. Hoffmann
Historia de los dos que soñaron, de Gustavo Weil
Historia de los viajes de escarmentado, de Voltaire
Historia de un buen brahmín, de Voltaire
Historia de un contrabajo, de Anton Chejov
Historia del Necronomicón, de H.P. Lovecraft
Historia del señor Jefries y Nassin el Egipcio, de Roberto Arlt
Historia fantástica, de Augusto Monterroso
Historia verídica, de Julio Cortázar
Historias y cuentos de Galicia, de Emilia Pardo Bazán
Hola y adiós, de Ray Bradbury
Hombre de la esquina rosada, de Jorge Luis Borges
Homenaje a Masoch, de Augusto Monterroso
Horas penosas, de Thomas Mann
Huitzilopoxtli, de Rubén Darío
Humorismo, de Augusto Monterroso
Hágase como se ordena Marqués de Sade
Idilio, de Guy de Maupassant
Ilia, de León Tolstoi
Ilio Collio, de Juan Rodolfo Wilcock
Imaginación y destino, de Augusto Monterroso
In Memoriam, de Juan José Arreola
Inasible, de Baldomero Lillo
Infancia feliz, de Armando Almanzar Rodriguez
Infernalia, de José Emilio Pacheco
Instrucciones para llorar, de Julio Cortázar
Instrucciones para subir una escalera, de Julio Cortázar
Interiores, de Emilia Pardo Bazán
Intersigno, de Villiers de L'Isle Adam
Intervalo de cinco minutos, de Francis Picabia
Intuición femenina, de Pedro Vergés
Irredención, de Baldomero Lillo
Iván Matveich, de Anton Chejov
Iónich, de Anton Chejov
Jardín de infancia, de Naguib Mahfuz
Jodynka, de León Tolstoi
Juan Darién, de Horacio Quiroga
Juan Fariña, de Baldomero Lillo
Juguetes, de Rabindranath Tagore
Junto a un muerto, de Guy de Maupassant
Kappa, de Ryonusuke Akutagawa
La adoración de los Reyes Magos, de Manuel Mujica Láinez
La ahogada, de Agatha Christie
La alucinación de Staley Fleming, de Ambrose Bierce
La amada no enumerada, de Heinrich Böll
La ambición del forastero, de Nathaniel Hawthorne
La araña Mizguir, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
La argolla, de Emilia Pardo Bazán
La artesiana, de Alphonse Daudet
La Atlántida, de Juan Rodolfo Wilcock
La autopista del sur, de Julio Cortázar
La aventura, de Emilia Pardo Bazán
La aventura de Baba en Dimisch esh Sham, de Roberto Arlt
La aventura de Wálter Schbaffs, de Guy de Maupassant
La autopista del sur, de Julio Cortazar
La bailarina, de Gibrán Jalil Gibrán
La balanza de los Bale, de Heinrich Böll
La ballena y la mariposa, de Gibrán Jalil Gibrán
La banda de lunares, de Arthur Conan Doyle
La bella alma de don Damián, de Juan Bosch
La belleza inútil, de Guy de Maupassant
La bestia en la cueva, de H.P. Lovecraft
La biblioteca total, de Jorge Luis Borges
La bolsa maletín, de Algernon Blackwood
La bruja Baba Yaga, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
La búsqueda, de Gibrán Jalil Gibrán
La cabellera, de Guy de Maupassant
La cabeza del perro, de Arthur Conan Doyle
La cadena del ancla, de Roberto Arlt
La caja de música, de Pío Baroja
La cama 29, de Guy de Maupassant
La canción de Peronelle, de Juan José Arreola
La capa, de Dino Buzzati
La capital del mundo, de Ernest Hemingway
La cara amarilla, de Arthur Conan Doyle
La carne estremecida, de José Acantara Almanzar
La carta, de José Luis González
La cartelera celeste, de Villiers de L'Isle Adam
La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges
La Casa de los Deseos, de Rudyard Kipling
La Casa del Juicio, de Oscar Wilde
La casa del pasado, de Algernon Blackwood
La casa encantada, de Virginia Woolf
La casa inundada, de Felisberto Hernández
La Casa Tellier, de Guy de Maupassant
La catacumba nueva, de Arthur Conan Doyle
La causa secreta, de J. M. Machado de Assis
La caída de la Casa Usher Edgar Allan Poe
La cena, de Clarice Lispector
La centenaria, de Emilia Pardo Bazán
La ciudad sin nombre, de H.P. Lovecraft
La coartada perfecta, de Patricia Highsmith
La colección, de Anton Chejov
La colonia penitenciaria, de Franz Kafka
La compra de la República, de Giovanni Papini
La compuerta número 12, de Baldomero Lillo
La condena, de Franz Kafka
La condesa de Tende, de Madame de La Fayette
La confesión, de Guy de Maupassant
La confesión, de Manuel Peyrou
La corista, de Anton Chejov
La corona de berilos, de Arthur Conan Doyle
La costa, de Ray Bradbury
La cronología viviente, de Anton Chejov
La cruz de Salomón, de Baldomero Lillo
La Cámara de los Tapices, de Walter Scott
La cólera de un particular, de Anónimo
La Dama de Espadas, de Alexandr Puchkin
La dama pálida, de Alexandre Dumas
La danza nupcial de las hormigas, de Pircilio Diaz
La decisión de Randolph Carter, de H.P. Lovecraft
La declaración, de Guy de Maupassant
La desconocida, de Villiers de L'Isle Adam
La doble trampa mortal, de Roberto Arlt
La dote, de Guy de Maupassant
La duquesa y el joyero, de Virginia Woolf
La edad madura, de Henry James
La ejecución, de Hermann Hesse
La escuela de las flores, de Rabindranath Tagore
La esfinge sin secreto, de Oscar Wilde
La española inglesa, de Miguel de Cervantes Saavedra
La esperanza, de Villiers de L'Isle Adam
La estatua, de Gibrán Jalil Gibrán
La estatua de sal, de Leopoldo Lugones
La estrella sobre el bosque, de Stefan Zweig
La excavación, de Augusto Roa Bastos
La extraña muerte de fray Pedro, de Rubén Darío
La factoría de Farjalla Bill Alí, de Roberto Arlt
La fe y las montañas, de Augusto Monterroso
La felicidad, de Guy de Maupassant
La feria de Sorochinetz, de Nicolai Gogol
La figura en el tapiz, de Henry James
La flor de champa, de Rabindranath Tagore
La flor del castaño, de Marqués de Sade
La foto, de Enrique Anderson Imbert
La fuerza de la sangre, de Miguel de Cervantes Saavedra
La fábula de los ciegos, de Hermann Hesse
La gallina degollada, de Horacio Quiroga
La viuda de Martin Contreras, de Rafael Eduardo Castillo
Las locas de la Plaza de los Almendros, dePedro Peix
La gitanilla, de Miguel de Cervantes Saavedra
La gota de cera, de Emilia Pardo Bazán
La habitación amueblada, de O. Henry
La herrumbre, de Guy de Maupassant
La hierba mortal, de Agatha Christie
La higuera, de Rabindranath Tagore
La honda de David, de Augusto Monterroso
La hucha Hans Christian Andersen
La huella del pulgar de san Pedro, de Agatha Christie
La ilustre fregona, de Miguel de Cervantes Saavedra
La impaciencia de la multitud, de Villiers de L'Isle Adam
La incomprendida, de Villiers de L'Isle Adam
La insolación, de Horacio Quiroga
La intrusa, de Jorge Luis Borges
La invernada de los animales, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
La isla a mediodía, de Julio Cortázar
La ladrona del sueño Rabindranath Tagore
La larva, de Rubén Darío
La lección de canto, de Katherine Mansfield
La ley de la vida, de Jack London
La ley del talión, de Marqués de Sade
La leyenda de Carlomagn, de Italo Calvino
La leyenda de ciertas ropas antiguas, de Henry James
La leyenda del rey indio, de Hermann Hesse
La liga de los ancianos, de Jack London
La liga de los pelirrojos, de Arthur Conan Doyle
La llamada, de Rabindranath Tagore
La llamada de Cthulhu, de H.P. Lovecraft
La lluvia de fuego, de Leopoldo Lugones
La luna llena, de Gibrán Jalil Gibrán
La luz es como el agua, de Gabriel García Márquez
La madre del monstruo, de Máximo Gorki
La maldición, de Gibrán Jalil Gibrán
La mancha hiptálmica, de Horacio Quiroga
La mancha indeleble, de Juan Bosch
La mano, de Guy de Maupassant
La mano, de Ramón Gómez de la Serna
La mano disecada, de Guy de Maupassant
La mano pegada, de Baldomero Lillo
La maquilladora, de Joris Karl Huysmans
La metamorfosis, de Franz Kafka
La miel silvestre, de Horacio Quiroga
La migala, de Juan José Arreola
La mirada del pobre, de Joaquim Ruyra
La mojigata, de Marqués de Sade
La moneda del mundo, de Emilia Pardo Bazán
La montaña, de Enrique Anderson Imbert
La mosca, de Katherine Mansfield
La mosca que soñaba que era un águila, de Augusto Monterroso
La muerta, de Guy de Maupassant
La muerta enamorada, de Théophile Gautier
La muerte, de Enrique Anderson Imbert
La muerte, de Thomas Mann
La muerte de Iván Ilich, de León Tolstoi
La muerte de Odjigh, de Marcel Schwob
La muerte de Martín Contreras, de José Castillo.
La muerte de un funcionario público, de Anton Chejov
La muerte del estratega, de Álvaro Mutis
La muerte en Samarra, de Gabriel García Márquez
La mujer, de Juan Bosch
La mujer del almacén, de Katherine Mansfield
La mujer del boticario, de Anton Chejov
La mujer negra o una antigua capilla de templario, de José Zorrilla
La mujer vengada, de Marqués de Sade
La muñeca de modista, de Agatha Christie
La muñeca de porcelana, de León Tolstoi
La muñeca reina, de Carlos Fuentes
La más bella cena del mundo, de Villiers de L'Isle Adam
La más feliz, de Hans Christian Andersen
La máscara, de Anton Chejov
La máscara de la muerte roja, de Edgar Allan Poe
La música de Erich Zann, de H.P. Lovecraft
La nariz, de Nicolai Gogol
La Nave Blanca H.P. Lovecraft
La noche Guy de Maupassant
La noche boca arriba, de Julio Cortázar
La noche de los feos, de Mario Benedetti
La noche que lo dejaron solo, de Juan Rulfo
La Nochebuena de Encarnación Mendoza, de Juan Bosch
La obra de arte, de Anton Chejov
La obra maestra desconocida, de Honoré de Balzac
La obra y el poeta, de R. F. Burton
La ola de perfume verde, de Roberto Arlt
La operación, de Emilia Pardo Bazán
La otra orilla, de Rabindranath Tagore
La oveja negra, de Augusto Monterroso
La pagoda de Babel, de G.K. Chesterton
La palinodia, de Emilia Pardo Bazán
La paloma, de Emilia Pardo Bazán
La papelera, de Luis Mateo Díez
La partida, de Franz Kafka
La partida del tren, de Clarice Lispector
La pastora Marcela, de Miguel de Cervantes Saavedra
La pata de mono, de W.W. Jacobs
La patria del proscrito, de Rabindranath Tagore
La pavura, de Joaquim Ruyra
La pensión, de James Joyce
La pequeña Roque, de Guy de Maupassant
La perfecta señorita, de Patricia Highsmith
La perla, de Gibrán Jalil Gibrán
La perla, de Yukio Mishima
La Perla de Toledo, de Próspero Mérimée
La persecución del maestro, de Alexandra David Neel
La perspectiva Nevski, de Nicolai Gogol
La pierna dormida, de Enrique Anderson Imbert
La pista de los dientes de oro, de Roberto Arlt
La princesa bizantina, de Horacio Quiroga
La princesa de Babilonia, de Voltaire
La prueba de amor, de Mary Shelley
La puerta, de Guy de Maupassant
La puerta abierta, de Pircilio Diaz
La que era sorda, de Gibrán Jalil Gibrán
La rana que quería ser una rana auténtica, de Augusto Monterroso
La rana zarevna, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
La risa, de Emilia Pardo Bazán
La rosa, de Emilia Pardo Bazán
La sabana, de Ray Bradbury
La salvación, de Adolfo Bioy Casares
La salvaje, de Marcel Schwob
La santa, de Gabriel García Márquez
La sed de Cristo, de Emilia Pardo Bazán
La senda, de Gibrán Jalil Gibrán
La sentencia, de Wu Ch'eng en
La serpiente, de Marqués de Sade
La señora Baptiste, de Guy de Maupassant
La señora del perrito, de Anton Chejov
La señora Hermes, de Guy de Maupassant
La señorita Brill, de Katherine Mansfield
La señorita Cora, de Julio Cortázar
La señorita de compañía, de Agatha Christie
La señorita Perla, de Guy de Maupassant
La sórdida telaraña de la mansedumbre, de Rafael García Romero
La sima, de Pío Baroja
La sirena, de Ray Bradbury
La sirena inconforme, de Augusto Monterroso
La Sirenita, de Hans Christian Andersen
La sombra, de Gibrán Jalil Gibrán
La sombra de las jugadas, de Edwin Morgan
La sórdida telaraña de la mansedumbre, de Rafael García Romero
La vida, el valor y el miedo, de Rafael García Romero
La parte más infame, de Rafael García Romero
La tela de Penélope o quién engaña a quién, de Augusto Monterroso
La tempestad de nieve, de Alexandr Puchkin
La terrible venganza, de Nicolai Gogol
La tierra de Zaad, de Gibrán Jalil Gibrán
La tierra roja, de Gibrán Jalil Gibrán
La toma del reducto, de Próspero Mérimée
La torre, de H.P. Lovecraft
La tortuga, de Patricia Highsmith
La tortuga y Aquiles, de Augusto Monterroso
La tos, de Guy de Maupassant
La trama, de Jorge Luis Borges
La trama celeste, de Adolfo Bioy Casares
La tristeza, de Anton Chejov
La tumba, de H.P. Lovecraft
La tía Sauvage, de Guy de Maupassant
La vaquita parda, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
La vejiga, de la paja y el calzón de líber, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
La venganza de Cisco Kid, de O. Henry
La Venus de Ille, de Próspero Mérimée
La verdad sobre Sancho Panza, de Franz Kafka
La vida por la opinión, de Francisco Ayala
La voz de la ciudad, de O. Henry
La víspera de la Cuaresma, de Anton Chejov
La víspera del juicio, de Anton Chejov
La yernocracia, de Leopoldo Alas (Clarín)
La zorra, de Gibrán Jalil Gibrán
La zorra, de la liebre y el gallo, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
La última clase, de Alphonse Daudet
La última hoja, de O. Henry
La última visita del caballero enfermo, de Giovanni Papini
Ladrón de sábado, de Gabriel García Márquez
Lamporecchio, de Giovanni Boccaccio
Las bodas del lugarteniente Laré, de Guy de Maupassant
Las caricias, de Guy de Maupassant
Las cerezas, de Emilia Pardo Bazán
Las cigüeñas, de Hans Christian Andersen
Las ciudades y los cambios, de Italo Calvino
Las damiselas del mar, de Joaquim Ruyra
Las dos ciudades, de Gibrán Jalil Gibrán
Las dos princesas, de Gibrán Jalil Gibrán
Las estatuas, de Enrique Anderson Imbert
Las fieras, de Roberto Arlt
Las gafas, de Matías García Megías
Las granadas, de Gibrán Jalil Gibrán
Las hadas de Francia, de Alphonse Daudet
Las hermanas, de James Joyce
Las islas voladoras, de Anton Chejov
Las joyas, de Guy de Maupassant
Las legiones de la tumba, de H.P. Lovecraft
Las leyes, de Gibrán Jalil Gibrán
Las ménades, de Julio Cortázar
Las nieves del Kilimanjaro, de Ernest Hemingway
Las nieves eternas, de Baldomero Lillo
Las preocupaciones de un padre de familia, de Franz Kafka
Las ranas, de Gibrán Jalil Gibrán
Las ratas de las paredes, de H.P. Lovecraft
Las rayas, de Horacio Quiroga
Las razones del niño, de Rabindranath Tagore
Las ruinas circulares, de Jorge Luis Borges
Las sepulcrales, de Guy de Maupassant
Las tres carreras, de Marcel Schwob
Las tres misas, de Alphonse Daudet
Las últimas miradas, de Enrique Anderson Imbert
Lejana, de Julio Cortázar
Leyenda china, de Hermann Hesse
El leve Pedro, de Enrique Anderson Imbert
Licantropía, de Enrique Anderson Imbert
Ligeia, de Edgar Allan Poe
Literatura, de Julio Torri
Llamada, de Fredric Brown
Lo horrible, de Guy de Maupassant
Lo mejor de todo, de Henry James
Lo timó, de Anton Chejov
Los advertidos, de Alejo Carpentier
Los alimentos terrestres, de Juan José Arreola
Los amados muertos, de H.P. Lovecraft
Los amantes, de Juan Rodolfo Wilcock
Los amos, de Juan Bosch
Los asesinos, de Ernest Hemingway
Los bandido, de Villiers de L'Isle Adam
Los bandidos de Uad Djuari, de Roberto Arlt
Los barcos de papel, de Rabindranath Tagore
Los bebedores de sangre, de Horacio Quiroga
Los bomberos, de Mario Benedetti
Los caballeros templarios, de Alexandre Dumas
Los caballos de Abdera, de Leopoldo Lugones
Los cantores de mi patio, de Jules Jouy
Los caprichos de la suerte, de O. Henry
Los cazadores de marfil, de Roberto Arlt
Los constructores, de Gibrán Jalil Gibrán
Los cuatro sospechosos, de Agatha Christie
Los donguis, de Juan Rodolfo Wilcock
Los dos cazadores, de Gibrán Jalil Gibrán
Los dos consolados, de Voltaire
Los dos reyes y los dos laberintos, de Jorge Luis Borges
Los dos ángeles, de Gibrán Jalil Gibrán
Los estafadores, de Marqués de Sade
Los extraviados, de Anton Chejov
Los fantasmas y yo, de René Avilés Fabila
Los gatos de Ultra, de H.P. Lovecraft
Los hombres de la Tierra, de Ray Bradbury
Los hombres fieras, de Roberto Arlt
Los hombres que están de más, de Anton Chejov
Los inválidos, de Baldomero Lillo
Los fugitivos, de Alejo Carpentier
Los ídolos de Amorgos –Rafael García Romero
Los muchachos, de Anton Chejov
Los mártires, de Anton Chejov
Los nombres de Manuel, de Rafael García Romero
Los nutrieros, de Rodolfo Walsh
Los ojos culpables, de Ah'med Ech Chiruani
Los ojos verdes, de Gustavo Adolfo Bécquer
Los otros dioses, de H.P. Lovecraft
Los límites de la realidad futura, de Rafael García Romero
Los panes de centeno, de Anatole France
Los planos de Bruce Partington, de Arthur Conan Doyle
Los primeros jazmines, de Rabindranath Tagore
Los prisioneros, de Guy de Maupassant
Los reyes, de Guy de Maupassant
Los ritos, de Pedro Peix.
Los señores Burke y Hare, de asesinos, de Marcel Schwob
Los siete mensajeros, de Dino Buzzati
Los siete puentes, de Yukio Mishima
Los simuladores, de Anton Chejov
Los testigos, de Julio Cortázar
Los tres anillos, de Giovanni Boccaccio
Los tres ermitaños, de León Tolstoi
Los zarcillos de la vid Colette
Los zuecos, de Guy de Maupassant
Lote número 249, de Arthur Conan Doyle
Luces antiguas, de Algernon Blackwood
Luna de miel, de Guy de Maupassant
Lunes o martes, de Virginia Woolf
Luvina, de Juan Rulfo
Lágrimas y risas, de Gibrán Jalil Gibrán
Macario, de Juan Rulfo
Mademoiselle Fifí, de Guy de Maupassant
Magnetismo, de Guy de Maupassant
Mala fama, de Rabindranath Tagore
Mambrú no fue a la guerra, de Aida Cartagena Portalatín.
Mammon y el arquero, de O. Henry
Manuscrito hallado en una botella, de Edgar Allan Poe
Marco el Rico y Basilio el Desgraciado, de Alekandr Nikoalevich Afanasiev
Margarita o el poder de la farmacopea, de Adolfo Bioy Casares
Mari Belcha, de Pío Baroja
Masticar una rosa, de Angela Hernández
Mateo Falcone, de Próspero Mérimée
Matrimonio a la moda, de Katherine Mansfield
Mediodía, de Rabindranath Tagore
Mejor que arder, de Clarice Lispector
Melania y Azulina, de León Tolstoi
Memnón o la sabiduría humana, de Voltaire
Memorias de un perro amarillo, de O. Henry
Menos Julia, de Felisberto Hernández
Mensaje, de Thomas Bailey Aldrich
Meter el diablo en el infierno, de Giovanni Boccaccio
Metzengerstein, de Edgar Allan Poe
Mi crimen favorito, de Ambrose Bierce
Mi primer concierto, de Felisberto Hernández
Mi tío Sosthéne, de Guy de Maupassant
Micromegas, de Voltaire
Miedo en la Scala, de Dino Buzzati
Mientras el auto espera, de O. Henry
Minué, de Guy de Maupassant
Misa de gallo, de J. M. Machado de Assis
Miseria humana, de Guy de Maupassant
Miss Harriet, de Guy de Maupassant
Mohamed el Golfo, de Guy de Maupassant
Morrión, de Guy de Maupassant
Mongilet, de Guy de Maupassant
Monólogo del insumiso Juan José Arreola
Muchacha desconocida, de Pircilio Diaz
Muebles "El Canario", de Felisberto Hernández
Muerto en Resaca, de Ambrose Bierce
Mujima, de Yakumo Koisumi
Mur, de Felisberto Hernández
Más allá, de Horacio Quiroga
Médium, de Pío Baroja
Míster Taylor, de Augusto Monterroso
Nabónides, de Juan José Arreola
Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández
Narciso, de Manuel Mujica Láinez
Nido de avispas, de Agatha Christie
No confundirse, de Villiers de L'Isle Adam
No quiero más ser el que soy, de Giovanni Papini
No todo está perdido, de Ramon Lacay Polanco
Noche blanca, de Colette
Noche de mayo o la ahogada, de Nicolai Gogol
Noche de ánimas, de Joaquim Ruyra
Nos han dado la tierra, de Juan Rulfo
Nube, de Augusto Monterroso
Nubes y olas, de Rabindranath Tagore
Némesis y el vendedor de caramelos, de O. Henry
Obras completas, de Augusto Monterroso
Odio desde la otra vida, de Roberto Arlt
Odisea en el norte, de Jack London
Odín, de Jorge Luis Borges y Delia Ingenieros
Olaberri el macabro Pío Baroja
Opinión pública, de Guy de Maupassant
Orden del viaje, de Rafael García Romero
Pacto de sangre, de Mario Benedetti
Paolo Uccello, de pintor, de Marcel Schwob
Papeles de Sara, de ManuelRueda
Partir es morir un poco, de Jacques Sternberg
Parturient montes, de Juan José Arreola
Parábola china, de Hermann Hesse
Parábola del trueque, de Juan José Arreola
Pasajeros en Arcadia, de O. Henry
Paternidad responsable, de Carlos Alfaro
Patriotismo, de Yukio Mishima
Paz contagiosa, de Gibrán Jalil Gibrán
Paz y guerra, de Gibrán Jalil Gibrán
Peach Melba con mermelada de fresa, de Rafael García Romero
Pena de muerte, de Georges Simenon
Peor que el infierno, de Ramón Gómez de la Serna
Pequeña parábola de “Chindo” perro de ciego, de Camilo José Cela
Perico Paciencia, de Manuel A. Alonso
Petición de un vividor a su pesar, de Guy de Maupassant
Pierrot, de Guy de Maupassant
Pigmalión, de Augusto Monterroso
Pimienta, de Naguib Mahfuz
Pluma, de lápiz y veneno, de Oscar Wilde
Pobres gentes, de León Tolstoi
Poco despues de la lluvia, de Pircilio Diaz
Polaris, de H.P. Lovecraft
Polemistas, de Luis Antuñano
Poquita cosa, de Anton Chejov
Por correo, de O. Henry
Por el hombre que está en la pista, de Jack London
Portugueses, de Rodolfo Walsh
Prejaspes, de Emilia Pardo Bazán
Primavera a la carta, de O. Henry
Primera nieve, de Guy de Maupassant
Pueblerina, de Juan José Arreola
Página asesina, de Julio Cortázar
Qué barbaridad, de Claudio, de Rafael García Romero
Quien te quiere, de Carmen, de Rafael García Romero
Quilapán, de Baldomero Lillo
Rahutia la bailarina, de Roberto Arlt
Recuerdo, de Guy de Maupassant
Remedio para melancólicos, de Ray Bradbury
Restos del naufragio, de Guy de Maupassant
Rinconete y Cortadillo, de Miguel de Cervantes Saavedra
Riquet el del Copete, de Charles Perrault
Rompecabezas, de Benito Pérez Galdós
Rutilio da cuenta de su vida, de Miguel de Cervantes Saavedra
Réquiem, de Anton Chejov
Réquiem con tostadas, de Mario Benedetti
Sábado de sol después de las lluvias, de Roberto Marcalle Abreu
Salvette et Bernadou, de Alphonse Daudet
San Antonio, de Guy de Maupassant
San Francisco en Ripa, de Stendhal
Sangre extraña, de Mijail Sholojov
Santa Clo va a La Cuchilla, de Abelardo Díaz Alfaro
Seis disparos a la luz de la luna, de H.P. Lovecraft
Seis fósforos, de Alexandr Grin
Semejante a la noche, de Alejo Carpentier
Ser infeliz, de Franz Kafka
Setenta, de Gibrán Jalil Gibrán
Sharaya, de Álvaro Mutis
Siempre hay un adiós, de Rafael García Romero
Si yo fuera, de Rabindranath Tagore
Simplicio, de Émile Zola
Sin querer, de León Tolstoi
Sinesio de Rodas, de Juan José Arreola
Sinfonía concluida, de Augusto Monterroso
Sobre el agua, de Guy de Maupassant
Sobre la arena, de Gibrán Jalil Gibrán
Sobre las nubes, de Guy de Maupassant
Soledad, de Pedro de Miguel
Soliloquios de Belén, de Giovanni Papini
Sombrío relato, de narrador aún más sombrío Villiers de L'Isle Adam
Sopla el viento, de Katherine Mansfield
Sor Natalia, de Villiers de L'Isle Adam
Sortilegio de otoño, de Joseph von Eichendorff
Su nombre, de Julia, de René Rodríguez Soriano
Sub sole, de Baldomero Lillo
Sueños, de Gibrán Jalil Gibrán
Sueños, de Guy de Maupassant
Suicidas, de Guy de Maupassant
Superioridad, de Rabindranath Tagore
Sutilezas de un enamorado, de Margarita de Navarra
Sylvabel, de Villiers de L'Isle Adam
Sábado de Gloria, de Mario Benedetti
Sólo vine a hablar por teléfono, de Gabriel García Márquez
Tabú, de Enrique Anderson Imbert
Te conozco mascarita, de Augusto Monterroso
Te llamarás Bafnet, de Rafael García Romero
Temor de la cólera, de Ah'med el Qalyubi
Teoría de Dulcinea, de Juan José Arreola
Tercera parte, de El conde Lucanor Versión original Juan Manuel
Tirso de Molina, de Leopoldo Alas (Clarín)
Tlön, de Uqbar, de Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges
Tobías Mindernickel, de Thomas Mann
Tombuctú, de Guy de Maupassant
Topos, de Juan José Arreola
Tragedia en Harlem, de O. Henry
Tragedia navideña, de Agatha Christie
Transición, de Algernon Blackwood
Tranvía, de Andrea Bocconi
Tres dioses y ninguno, de Gibrán Jalil Gibrán
Tres gotas de misericordia, de Otto Oscar Milanesse
Tres muertes, de León Tolstoi
Tres regalos, de Gibrán Jalil Gibrán
Tres versiones de Judas, de Jorge Luis Borges
Un abuelo impropio, de Ligia Minaya.
Un amante tacaño, de O. Henry
Un artista, de Manuel Mujica Láinez
Un artista del hambre, de Franz Kafka
Un artista del trapecio, de Franz Kafka
Un asesinato, de Anton Chejov
Un asunto de otro tiempo, de John Galsworthy
Un buen bistec, de Jack London
Un canario como regalo, de Ernest Hemingway
Un caso de divorcio, de Guy de Maupassant
Un creyente, de George Loring Frost
Un día cualquiera, de Virgilio Diaz Grullon
Un drama, de Anton Chejov
Un drama verdadero, de Guy de Maupassant
Un duelo, de Guy de Maupassant
Un día de estos, de Gabriel García Márquez
Un encuentro, de James Joyce
Un escándalo, de Anton Chejov
Un escándalo en Bohemia, de Arthur Conan Doyle
Un expreso del futuro, de Julio Verne
Un fenómeno inexplicable, de Leopoldo Lugones
Un golpe a la puerta del Cortijo, de Franz Kafka
Un golpe de estad, de Guy de Maupassant
Un habitante de Carcosa, de Ambrose Bierce
Un hijo, de Guy de Maupassant
Un hijo de los dioses, de Ambrose Bierce
Un hombre conocido, de Anton Chejov
Un hombre célebre, de J. M. Machado de Assis
Un hombre de ciudad, de O. Henry
Un hombre enfundado, de Anton Chejov
Un hombre, de Claudia y los recuerdos felices, de Rafael García Romero
Un hombre irascible, de Anton Chejov
Un horrible bloqueo de la memoria, de Alberto Moravia
Un idilio, de Horacio Quiroga
Un lugar limpio y bien iluminado, de Ernest Hemingway
Un lunes dúctil, de casi suave, de también de pusilánime ternura, de Rafael García Romero
Un milagro, de Llorenç Villalonga
Un millar de muertes, de Jack London
Un modelo de agricultor, de Jules Renard
Un médico rural, de Franz Kafka
Un niño maligno, de Anton Chejov
Un normando, de Guy de Maupassant
Un obispo en el atolladero, de Marqués de Sade
Un paciente en disminución, de Macedonio Fernández
Un pacto con el diablo, de Juan José Arreola
Un padre de familia, de Anton Chejov
Un portero inteligente, de Anton Chejov
Un rajá que se aburre, de Alphonse Allais
Un resumen, de Virginia Woolf
Un sacrificio por amor, de O. Henry
Un santuario muy especial, de Anónimo
Un sueño, de Iván Turgueniev
Un tercero en discordia, de Robert Burton
Un teólogo en la muerte, de Manuel Swedenborg
Un triste caso, de James Joyce
Un viaje de novios, de Anton Chejov
Un viejo, de Guy de Maupassant
Un voto, de Leopoldo Alas (Clarín)
Un árbol de Noel y una boda, de Fiodor Dostoyevski
Una apuesta, de Anton Chejov
Una aventura india, de Voltaire
Una bella película, de Guillaume Apollinaire
Una broma extraña, de Agatha Christie
Una caja de plomo que no se podía abrir, de José Luis González
Una carta, de Guy de Maupassant
Una cena con Antoine, de Rafael García Romero
Una conflagración imperfecta, de Ambrose Bierce
Una confusión cotidiana, de Franz Kafka
Una dama de Redores, de Ambrose Bierce
Una de dos, de Juan José Arreola
Una escaramuza en los puestos de avanzada, de Ambrose Bierce
Una estratagema, de Guy de Maupassant
Una familia, de Guy de Maupassant
Una familia feliz, de Lu Sin
Una fotografía antigua, de Naguib Mahfuz
Una gallina, de Clarice Lispector
Una muerte mental Giovanni Papini
Una mujer amaestrada Juan José Arreola
Una mujercita, de Franz Kafka
Una noche de edén, de Horacio Quiroga
Una noche de espanto, de Anton Chejov
Una noche de verano, de Ambrose Bierce
Una nubecilla, de James Joyce
Una pequeña fábula, de Franz Kafka
Una pequeñez, de Anton Chejov
Una perra cara, de Anton Chejov
Una plaza en el cielo, de Enrique Anderson Imbert
Una rebelión de los dioses, de Ambrose Bierce
Una reputación, de Juan José Arreola
Una rosa para Emilia, de William Faulkner
Una señora, de José Donoso
Una sorpresa, de Guy de Maupassant
Una tarde en el mar, de Joaquim Ruyra
Una tumba sin fondo, de Ambrose Bierce
Una vendetta, de Guy de Maupassant
Uno de los desaparecidos, de Ambrose Bierce
Vanka, de Anton Chejov
Vanos consejos, de Guy de Maupassant
Vecinos, de Anton Chejov
Ven, de mi ama Zobeida quiere hablarte, de Roberto Arlt
Vera, de Villiers de L'Isle Adam
Vestiduras, de Gibrán Jalil Gibrán
Viaje a la semilla, de Alejo Carpentier
Viaje circular, de Émile Zola
Viaje de novios, de Guy de Maupassant
Viaje de salud, de Guy de Maupassant
Vida de Ma Parker, de Katherine Mansfield
Visiones de la noche, de Ambrose Bierce
Visión agorera, de Joaquim Ruyra
Visión de Carlos XI, de Próspero Mérimée
Vocación Rabindranath Tagore
Vox populi, de Villiers de L'Isle Adam
Vudú, de Enrique Anderson Imbert
Víspera de difuntos, de Baldomero Lillo
Wakefield, de Nathaniel Hawthorne
Wash Jones, de William Faulkner
William Wilson, de Edgar Allan Poe
Wood'stown, de Alphonse Daudet
Ylla, de Ray Bradbury
Yzur, de Leopoldo Lugones
Zadig o el destino, de Voltaire
Zenana, de Emilia Pardo Bazán
Zínochka, de Anton Chejov
¡Adiós, de Cordera!, de Leopoldo Alas (Clarín)
¡Chist!, de Anton Chejov
¡Diles que no me maten!, de Juan Rulfo
¡Mozo, de un bock!, de Guy de Maupassant
¡Qué público!, de Anton Chejov
¡Salvada!, de Guy de Maupassant
¡Solo!, de Guy de Maupassant
¡Ése soy yo!, de Ramón Gómez de la Serna
¿Cuánta tierra necesita un hombre?, de León Tolstoi
¿Dónde está mi cabeza?, de Benito Pérez Galdós
¿Quién eres?, de Giovanni Papini
¿Quién sabe?, de Guy de Maupassant
¿Y si?, de Dino Buzzati
¿Él?, de Guy de Maupassant
Ágrafa musulmana en papiro de oxyrrinco, de Juan José Arreola
Último saludo en el escenario, de Arthur Conan Doyle
Rafael García Romero: Ruinas y resurrecciones en la novela dominicana
Por Efraín Nadereau Maceo
Bastaría con su novela Ruinas (cuatro ediciones en menos de tres años) para reconocer en Rafael García Romero (Santo Domingo, 1957) a uno de los escritores grandes de esta hora. Antes de esta obra maestra de la lengua, incluso, ya había publicado los libros de cuento: Fisión, El agonista, Bajo el acoso, Los ídolos de Amorgos, Historias de cada día, La Sórdida telaraña de la mansedumbre, A puro dolor y Duro de amar; amén de haber sido galardonado con el Premio Nacional de Cuento.
Excluso, lenguaje de adultos, violencia y sexo, en Ruinas fluyen, discretamente, y se concatenan, un respetable número de procedimientos narrativos, dominados por las peculiaridades estilísticas de su creador.
Para los dominicanos, y para los cubanos, el asunto que trata Ruinas es muy sensible, en tanto involucra a personajes célebres e históricos de ambas naciones (una poeta, un presidente, un historiógrafo de nuestras letras o de sus valías artísticas y otros personajes de la elite de nuestras intelectualidades). En ese mismo orden, se trata de Salomé Ureña Díaz, Francisco Henríquez y Carvajal –padre e hijo-; así como Pedro, Max y Camila Henríquez Ureña.
Es axiomático que García Romero ha tenido acceso a una documentación valiosa, de primera mano y un tanto sacra (cartas cruzadas y otras letras de Salomé y Francisco), junto a diversas formas documentales de sus hijos, subrayando la fantasía especulativa y memoriosa de nuestro Max; casi la única relación de Ruinas, o la única visible, con otros autores o literaturas, a menos que excluyamos e incluyamos a su contrapartida u homónimo, que pudiera ser, un poco traído por los pelos, el suculento Pedro Páramo (1988) del mexicano Juan Rulfo. Pues, también en Ruinas, hay una magia subliminal, cómplice, tendenciosas trasfiguraciones o imaginarios igualmente fuera de serie.
En esta cuerda y, gracias a Ruinas, García Romero incursiona, descubre y nos conecta, como señala la costarricense, Nuria Isabel Méndez Garita, con “los remanentes de un pasado colonial angustioso (…) no sólo del pueblo dominicano, sino de toda Latinoamérica”.
De tal manera, realidad y ficción se emulsionan y confrontan y se convierten en esencia de una indivisible unidad, reinventando sus propios caminos hacia las interioridades de la conciencia y génesis de ciertos estados de alma y su levitar, constante, junto con los eros de Ruinas.
Lo social, por agudo que sea en el cuerpo de la novela, resulta incidental y panorámico, al funcionar como otro elemento de la trama: no es que deje de ser importante, pero no es enfático, como cuando Salomé Ureña funda (esto le da otro y, aún, más alto valor) la Escuela Normal de Señoritas, en Santo Domingo, está pensando, obviamente, en el beneficio de las familias de todo el país: gesto que le abre las puertas y le da un sitial, en la historia educacional-pedagógica de Republica Dominicana e Iberoamérica.
Dicha institución, en la vida de la poetisa, es, sin lugar a dudas, un gesto fundacional de conmovedora trascendencia, cuyo sucedido es, casi, a finales del siglo XIX, liderado, de punta a cabo, por una mujer. De los suyos, únicamente Salomé Ureña demostró ser capaz de dar vida a una institución y compromiso de tal envergadura, con la misma sencillez y devoción con la que se echa a andar una simple familia.
También Ruinas, junto a lo epistolar y “biográfico”, amén de lo especulativo e histórico, es una mirada psicosociológica a la vulnerabilidad de la mujer, en nuestros países, a las trágicas circunstancias e injusticias que minan su destino: trátese, incluso, de quien se trate o de la que se trate. En el hombre, dispensado por el carácter masculino de la sociedad, la situación se presenta de un modo menos específico y frustrante.
El simbolismo, la magia, la fantasía, lo onírico, el habla y el conmovedor ludismo, forman parte sustancial de cierto lirismo estético-ético de esta primera y singular novela de Rafael García Romero. En tal línea, el autor muestra y demuestra, como, el realismo actual, todavía entresiglos, contemporáneo e incluso postmoderno, sale muy bien parado cuando logra ser popular, sin un ápice de vulgaridad, que viene a ser, en cualquier caso el verdadero o único realismo válido para todos los tiempos. Pues, una novela, en tanto obra artística, puede abstenerse de incitar a una interpretación o modo de ver por el estilo, porque el llamado mundo real campeen por sus respetos, la vulgaridad, la violencia, el sexo, y otros animales de igual semejanza.
Entre sus virtudes, esta novela, junto a “la magia de la brevedad”, puede ser leída por un adulto recién alfabetizado, virtud que la hace doblemente popular, no sólo en nuestro mundo. Siguiendo el hilo, se puede subrayar lo de adulto, en tanto, Ruinas es una odisea de la espiritualidad y viene a enriquecer la narrativa de lo real maravilloso, en su evolución.
Nótese como, igual que su antecesora, a Salomé Ureña, la Penélope dominicana, le es imposible dejar de ser una personalidad en su patria –mientras exista-, pero, de cualquier manera, tiene que enviar a su primogénito (¿Telémaco del Caribe? ¿de Las Antillas?) en busca de otro Francisco, el padre, que bien puede sucumbir a las tentaciones e incitaciones europeas, y, más que a otras, a las parisinas.
A fin de cuentas (Francisco Henríquez y Carvajal regresa, al país, con el prestigioso título de doctor en Medicina y siembra, en el vientre de Salomé, a Camila) como profesional fracasa (no tiene la clientela que esperaba) porque lo que necesita la República Dominicana no son médicos mejores o peores, sino aquellos sustanciales cambios que le garanticen prosperidad económica y espiritual y, en esa línea, la modernización de sus instituciones (aunque éste, tampoco sea, ni remotamente, lo que se da en llamar, el asunto de la obra. Y, sólo viene a juntarse a otras pinceladas del trasfondo, que se están ahí, como parte de la “densa”, por multiplicadora, totalidad que sostiene el mundo novelado por García Romero).
Otro aspecto –entre tantos- de mucha ingeniosidad e imposible de soslayar, es la amplitud temporal y espacial que le da a Ruinas la novedosa contraposición de planos y abruptas disolvencias, por el estilo, aunque, en este caso, muy superiores a las cinematográficas, donde, una sola oración, puede decir, y dice, un mundo de cosas. Sirva de ejemplificación la manera en que Max, para explicarse, va y viene o entra y sale del presente al pasado, al futuro, o recurre a la simple especulación omnisciente (desde la primera persona) de manera novedosa, gracias a la suma de discretos ¿y casi inadvertidos? procedimientos narrativos, que evitan oscurecimientos gratuitos y otras herejías.
Hay ejemplos más específicos, como cuando dice Max (…) “papá era un hombre impetuoso” (…) “no podía vivir sin tinta y papel que transformaba en cartas” (…) “Desde París todo lo quería controlar” (…) “No había detalle ajeno a él” (…) “Era necesario ponerlo al tanto de la cantidad que había para el manejo mensual de la familia y cómo era el personal doméstico que trabajaba en casa”; pág. 23. El subrayado nuestro sirve para definir algo tan importante como la situación económica, de esa etapa, en la familia Henríquez Ureña. U, otra vez Max, señalando como (…) “Cuando el Instituto de Señoritas abrió, mamá puso en marcha una revolución. Yo no había nacido. Cuento porque me contaron”, pág. 31. “Era admirable cuando mamá salía de negro, con aquel vestido francés impecablemente cortado, su pelo recogido, ya con algunas canas, la cartera de mano; caminaba despacio y no había excesos en su figura. Todo era sobrio en su rostro bañado por una acentuada languidez, que si no se debía a la enfermedad, iba perfectamente a tono con su naturaleza: poetisa y maestra”, pág. 29. Puesto de este modo, el parlamento, en boca de Max, le sirve a García Romero, para, como se da en decir, matar muchos pájaros de un tiro, que, por obvio, no hace el caso mencionarlos –excluso el de la enfermedad de la protagonista, su manera de vincularla con la profesión de la misma, y el criterio, romántico, de Max, y, a tono con la época y explícito en el subrayado nuestro.
O este otro procedimiento que sucede, casi de inmediato, al anterior y que, por ingenioso, burla, incluso, la fantasía e inteligencia del lector (…) “En aquella época escribió “Ruinas” y algunos versos sueltos. Poemas inspirados en sus desórdenes humanos, que contienen toneladas de dolor, poemas que escribió pensando en ella misma” (…) “La poesía de mamá estaba condenada a darle vuelta al mundo. No la de aquí, que hizo en Santo Domingo, sino la que escribiría en París, Nueva Cork, México, Argentina, qué se yo” (…) “pero contrario a papá, ella era muy limitada” (…) “como una paloma aferrada al nido” (…) “no tenía sueños ambiciosos. Nació para amar a su familia (…) “Eso la ancló al terruño, a la escuela, a su casa y no salió nunca” (…) “tenía miedo al desarraigo, a saberse lejos de su patria” (…) “El país era el culpable, pobre de cultura y con gobernantes efímeros y sin mucha visión; pero” (…) “ella” (…) “era muy terca y aferrada a lo poco. Prefirió una vida áspera, caótica, cruel y vacía. No quiso dar el gran salto” (…) “Tres hijos que no estaba dispuesta a sacrificar por nada; todavía el precio fuera su salud, la escuela que dirigía, o su gloria personal. Perdió el camino”, pág. 30-31.
Todo es tan explícito, por enésima vez, que huelgan comentarios; y todo redactado con pulcritud, veracidad y precisión matemática; y portador del núcleo de lo que quiere decir, con toda la novela, su hacedor.
Gracias a su factura testimonial y a la veracidad especulativa, llegamos a saber, por y desde la novela, que la poesía de Salomé Ureña (personaje real y de ficción) es confesional y comprometida, hasta donde el arte suele y debe serlo; y que “Ruinas” es, también, el título de uno de los poemas de mayor difusión de esta célebre personalidad de la lírica dominicana; título premonitorio, para sí, en tanto define una parte de la vida de la poetisa que pertenece únicamente a ella, en la medida en que puede excluir los intereses de sus paisanos y hasta, un tanto, de sus familiares más cercanos: estamos hablando de la vida profunda y del fuero íntimo de Salomé Ureña.
En el mundo “real”, como en el de la ficción, todo se puede; incluso caminar por encima de un jardín, sin caer en cuenta que se están pisando las flores (ambigüedad ex profeso): esto, precisamente, ocurre con nuestro personaje. Salomé Ureña posee altísimos derechos y merecimientos (¿su tragedia es histórica?) ella no debe cuidar su integridad ni la acosan, como a Penélope, decenas de pretendientes ávidos de rapiña; tampoco tiene que defender su fidelidad para el que está allende los mares: ella, en sí, es un paradigma ético-moral. Pero ni los hijos ni la enfermedad, han sido valladar suficiente para detener a Henríquez y Carvajal quien se va a Francia a estudiar medicina. Se ha pasado por encima de sus protagonismos públicos o de su validez artístico-literario.
Ni por todo el oro del mundo ni por la conquista de prestigio alguno se deja, durante cinco largos e infinitos años, a una mujer como Salomé Ureña. Es un hecho, según la novela de García Romero, infinitamente injusto. Por estos triíllos, nos complace lo que dice el escritor Pedro Antonio Valdez: “En Ruinas el autor toma la vida de dos personajes públicos, iconos de la historia política y cultural dominicanas”, luego añade “la nostalgia de una familia materialmente matriarcal en la que el padre se convierte en el gran ausente”, pág. 135.
Para el lector anuncio el trago amargo que se le echará encima con la desaparición, física, de uno de los personajes más grandes; digo de los personajes femeninos más grandes, de los esculpidos, hasta hoy, por las letras de nuestra lengua. Duele ver como aquella entraña de flor malgastó el tesoro de su vida en un duelo sin importancia, en una batalla contra invalidantes imposibles. Hubiera sido preferible, como lo da a entender y expresa el Max de la novela, que Salomé optara por los “riesgos” del “desarraigo”, como hizo, por sólo citar un caso, su colega, de Cuba, Gertrudis Gómez de Avellaneda, en 1836, cuando tenía sólo 22 años, y por cuya obra, como su paisano José María Heredia (1803-1839) ganó reconocimiento universal.
La novela Ruinas se ubica entre lo mejor que está sucediendo en nuestras literaturas. Y, en este caso específico, prefiero correr el riesgo de exagerar, un tanto, a quedarme corto por miedo al ridículo, y digo: si hay justicia y la gente avezada espera, de verdad, cosas trascendentes de la literatura y no única y exclusivamente el placer por el placer, entonces, en tanto me asiste el derecho de gente, pido, desde esta especie de tribuna, un Premio grande y merecido a la novela y a su autor. A Hemigway se lo dieron, muy merecidamente, por El viejo y el mar; ¿por qué no otorgárselo, también, y por lo mismo, al dominicano Rafael García Romero?
Santiago de Cuba.Lunes 18 de junio del 2007
Efraín Nadereau Maceo es un escritor, poeta, crítico literario y animador cultural de Santiago de Cuba.
Ante la mujer Salomé Ureña

Un día después de conmemorarse el Día Internacional de la Mujer, o sea, mañana, se cumple una fecha importante para la educación, para la poesía y la cultura nuestra. Se trata del 110 aniversario de la muerte de Salomé Ureña, quien falleció el 9 de marzo de 1897.
Mucho se ha dicho de ella como progenitora de los hermanos Henríquez Ureña: Fran, Pedro, Max y su única hija Camila, quien fue bautizada, además, con un segundo nombre, el de su madre Salomé, y quien vivió desde los 12 años en Cuba, hasta su vida adulta, cuando, sin saberlo, regresaría a morir a República Dominicana.
Nadie amaba tanto escribir como Salomé, con esa gracia, con ese estro y entrega tan sublime, aún inspirándose en temas tan domésticos y familiares y sencillos. No sé de otra poetisa que todo le interesara para convertirlo en poesía, como si estuviera en conexión íntima con el alma de las cosas y conversara en secreto con ellas. La poesía era su vida, igual que la educación y los libros. Disfrutaba y era consciente de su responsabilidad como poetisa, como maestra y lo que conllevaba transmitir valores, muchas veces sus propios valores, a un puñado de discípulas. Ningún desafío la arredraba. Era una mujer de temperamento reflexivo, dinámica, atenta y previsora, con determinación, totalmente resuelta, dueña de un fuero interior indoblegable.
Era un tipo de mujer muy singular para su tiempo, con ideas y cualidades no muy aceptadas. Y muchas veces aceptadas a regañadientes. Grande y fuerte –como la llamó Leonor M. Feltz- templada al fuego del más ardiente patriotismo. Sabía lo que tenía que saber y vivía de acuerdo a los dictados de su inteligencia; y por supuesto, sujeta a sus propios valores humanos.
Hay un periodo lejano en la vida de Salomé, poco tratado y muy importante desde el punto de vista humano. Se trata de los años de estudios de medicina de su esposo Francisco Henríquez Y Carvajal en Francia. Se había marchado en 1887. Viajó a Europa, radicándose en París hasta el año 1891. En la Universidad de París obtuvo el doctorado en Medicina.
Ese periodo europeo de Pancho, como Salomé le decía, se extendió cerca de cinco años; y fue funesto para Salomé, marcaría su vida, el matrimonio y casi destruye la familia que dejó en República Dominicana. Nos presenta a Salomé Ureña en todo su proceso de desplome emocional. Nos muestra –a través de las cartas que se cruzan– una mujer al borde de la desesperación, presa de una terrible depresión, fruto de la soledad, el abandono y la lejanía de su marido.
La distancia y una enfermedad alteran de manera inimaginable el orden de los sentimientos y la profundidad de las emociones; y para ese tiempo Francisco Henríquez y Carvajal estaba lejos, en París; y Salomé aquí, enferma.
En la novela “Ruinas”, de mi autoría, hago un vivido y detallado recuento de tal periodo. De soledad, de defensa e interés por la salud y la educación de Salomé por sus hijos, de mayor entrega y dedicación al Instituto de Señoritas, que impulsaría una preocupación diferente por la educación, superación intelectual y en valores de la mujer dominicana. Un hito, algo nunca visto en la historia de la educación dominicana hasta que su fundadora abrió sus puertas en 1881.
Hay un momento de gran impacto en la novela “Ruinas”. Y que yo transfiero a los lectores, a través del tercer hijo del matrimonio: Max Henríquez Ureña. Se trata del regreso de Francisco Henríquez y Carvajal a República Dominicana.
“Llegó papá”, dice Max. “No me resultó fácil comprender el alcance emocional de aquel acontecimiento, el verdadero significado de su regreso. Yo, al principio, pensé que se trataba de un acontecimiento sencillo, sin ninguna repercusión inmediata. Pero qué equivocado estaba. “¡Papá regresó!”, pensé; y entonces lo comprendí todo de repente. Terminó la noche y empieza un nuevo día, llegó a su fin una parte absurda y dolorosa de nuestra familia. ¡Vaya! Pasaron muchos años para que lo entendiera, para darme cuenta qué significó para mamá, y para nosotros, el regreso de papá”.
Y pasa a describir la inusual alegría de su mamá, ese día, a la hora de recibirlo:
“El día indicado mamá se puso un vestido elegante, majestuoso, de seda y algunos motivos bordados en rosado, digno para tan memorable ocasión. Tomó el frasco del último perfume que había enviado papá de París y se impregnó de el, con esmero. Cuando salimos olía a rosas y se veía intranquila, algo apresurada. No lo creía. No creía que al fin se iba a reunir con papá, después de más de cuatro años sin verlo y tantas cartas con promesas incumplidas, y viajes pospuestos y recibimientos soñados y cancelados, bañada en un mar de lágrimas que se llevaba, violentamente, un mar de sueños, con más lágrimas e hinchados los ojos. Estaba tan intranquila en medio del tumulto del puerto que hasta papá, cuando la alcanzó a ver, se dio cuenta”.
En sus últimos días Salomé se aferraba a la vida. Quería vivir, amaba a su esposo, soñaba con ver adultos y profesionales a sus hijos; quería escribir, retornar a las aulas, quería tantas cosas y tenía mil razones para vivir, pero ya no podía retener la vida, quería sonreír, pero la tristeza la consumía, salía a borbotones de cada poro de su rostro.
Murió todavía joven, a la edad de 47 años, debido a los estragos que le causó la tuberculosis.
Periódico Hoy-República Dominicana
Jueves 8 de Marzo del 2007
