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Rafael García Romero

Juan Bosch y el Tribunal Russell

Juan Bosch y el Tribunal Russell

Por Rafael García Romero

El Tribunal Bertrand Russell creado a iniciativa de sir Bertrand Russell, filósofo y matemático inglés, Premio Nobel de la Paz, para investigar los crímenes cometidos por las tropas norteamericanas en Vietnam, tuvo un alcance mayor a su objetivo inicial y consiguió hacer un singular capítulo de la historia continental a favor de los derechos humanos. Se reunió en dos ocasiones. La primera vez sesionó en Roma, para abril de 1974; y luego en Bruselas, en enero de 1975. El Tribunal Russell II se dedicó a investigar la situación imperante en diversos países de América latina, y luego se reunió nuevamente para completar sus trabajos referentes a las múltiples violaciones de los derechos humanos y de los derechos de los pueblos en Brasil, Chile, Uruguay, Bolivia, Paraguay y otros países del continente latinoamericano.

El organismo llegó hace años al término de su cometido y se disolvió luego de haber investigado la situación imperante en países donde cercenaron la democracia, y de inmediato fueron sometidos a regímenes dictatoriales. Los jueces, para esa ocasión, dictaron una sentencia que condenaba (de manera moral, desafortunadamente) a esos regimenes en base a pruebas aplastantes de sus infinitas violaciones de los derechos humanos más elementales.

El Presidente era Lelio Basso, senador de la Izquierda Independiente Italiana; y que luego, animado por los resultados, creó una fundación para la defensa continental de los derechos humanos, denominada Lelio Basso por el Derecho y la Liberación de los Pueblos; y como vice-presidentes trabajaron Vladimir Dedijer, historiador yugoslavo; Gabriel García Márquez, escritor colombiano, Premio Nóbel de Literatura; Frangois Rigaux, profesor de derecho internacional de la Universidad Cató1ica de Louvain y Albert Soboul, profesor de La Sorbona.

El profesor Juan Bosch encabezaba el cuerpo de jueces, en su condición de escritor y ex Presidente de la República Dominicana; a su vez, estaba acompañado por George Casalis, teólogo protestante; Julio Cortázar, escritor argentino; Giulio Girardi, teólogo cató1ico; Uwe Holtz, miembro del Partido Social Demócrata Alemán y del Parlamento; Alfred Kastler, Premio Nóbel de Física; John Molgaard, miembro del Partido Social Demócrata Danés, dirigente sindical; James Petras, profesor de sociología de la Universidad de Nueva York; Pham Van Bach, presidente de la Comisión de Investigación de los Crímenes Norteamericanos de Guerra en Vietnam; Laurent Schwartz, matemático; Alberto Tridente, Secretario Nacional de la FLM (Italia); y Armando Uribe, profesor de derecho internacional y ex embajador de Chile en Pekín.

El Tribunal Bertrand Russell condenó moral e inapelablemente a todas las dictaduras del cono Sur que asolaron la región en el periodo 1973-1976, y que incluyó reunir pruebas y testimonios de las escuelas de torturas organizadas y asesoradas desde el extranjero para redepositarlas ante el comité correspondiente de las Naciones Unidas; y  de allí surgió la Fundación Internacional Lelio Basso por el Derecho y la Liberación de los Pueblos, que a su vez dio origen a una liga internacional con el mismo cometido,  y al llamado Tribunal de los Pueblos, con sede en Bolonia.
¿Qué hizo Juan Bosch en su calidad de juez del Tribunal Russell para la América Latina? Formar parte de ese organismo era, de por sí, un reconocimiento a su condición de humanista continental y un gran compromiso de él como político e intelectual. El organismo ya se había reunido, como se dijo, en Roma en abril de 1974 y él no pudo asistir a esa reunión, y por esa razón se propuso no faltar a la reunión de Bruselas, la capital de Bélgica, que se hizo en enero de 1975. No estaba allí sólo en calidad de juez, también era escritor, un político y líder del recién creado Partido de la Liberación Dominicana (PLD), hechura de él, y del cual era su presidente. Y lo sería de por vida, Ad vitam.
El Partido, a raíz de esa misión de gran trascendencia continental,  le encomendó a él y a Manuel Espinal (también miembro del Comité Central) que aprovecharan ese particular escenario para hacer un estudio de la situación política de algunos países, porque el PLD necesitaba definir su posición frente a los gobiernos y de cara a los partidos políticos que funcionaban democráticamente para entonces en la mayoría de los países que debían visitar.
La región estaba afectada, para esa época, por el vacío político que había dejado la desaparición física de Juan Domingo Perón, presidente de Argentina durante varios periodos. Juan Bosch sabía, e hizo del conocimiento a los dirigentes del Partido, que dicha muerte iba a significar un cambio para la situación política general de los países de la América Latina; y que eso, necesariamente, iba a reflejarse en la República Dominicana y en el  Partido.
En una declaración para la prensa había dicho: “Perón usó a la Argentina como una plataforma para desarrollar desde ella una política extranjera independiente. El país que mayores beneficios obtuvo de esa política fue Cuba... pero todos los países débiles de la América Latina iban a beneficiarse también de esa política peronista, unos porque iban a tener ayuda económica y otros porque iban a tener respaldo político de la Argentina”.
En cuanto a la encomienda del Partido de la Liberación Dominicana, ¿qué sucedió? Juan Bosch la sintetiza de esta forma: “Debíamos tratar de averiguar qué dirección iban tomando las fuerzas políticas de países como México, como Suecia, como España, Portugal y Venezuela”.
La realidad política que más impacto a Juan Bosch, como juez y político, fue la de México. La percepción que tuvo de esa visita lo explica de la siguiente forma:
El primer país que visitamos fue México, donde se nos recibió con las atenciones que se tienen en todas partes para las personas que hayan sido jefes de Estado y donde sostuvimos muchas reuniones con mexicanos y con extranjeros, sobre todo con exiliados argentinos, chilenos, haitianos y de otros países de América, y en poco tiempo pudimos darnos cuanta de algo que nos pareció muy importante.

¿Qué era eso –preguntaba Bosch- que era muy importante? A lo que respondía de inmediato:

Pues el hecho extraño de que México es un país de los más avanzados de América en el orden económico, en el orden cultural, en el orden social, pero al mismo tiempo no tiene fuerzas políticas organizadas que puedan servirle de base real a un gobierno que quiera poner en práctica un programa de medidas económicas y sociales que puedan ser consideradas como progresistas o avanzadas. En México, la fuerza verdadera está en los círculos económicos, no en los políticos; y sin embargo, todas las capas del pueblo, desde los más grandes capitalistas hasta el indio sin trabajo manifiestan un gran respeto por el presidente de la República, sea quien sea ese presidente; lo respetan como si se tratara de un rey en un país monárquico. Pero como la fuerza verdadera, y nos referimos a las fuerzas políticas, está en los grupos de los grandes capitalistas y no en uno o en varios partidos políticos, el poder de esos grupos de grandes capitalistas puede enfrentarse al poder del presidente de la República o del gobierno y puede impedir que un gobierno ponga en vigor medidas beneficiosas para el pueblo si esas medidas pueden representar una rebaja, por pequeña que sea, en los beneficios que reciben esos grandes capitalistas
Todos, unos con gusto y otros a disgusto, gobernaron para el beneficio de los grandes capitalistas mexicanos y de sus socios norteamericanos.

En eso llegó la oportunidad de que había que escoger un candidato a la presidencia que debía gobernar desde el 1 de diciembre de 1970 hasta el 30 de noviembre del año 1976 y Luís Echeverría Álvarez, que tenía todas las posibilidades de ser ese candidato, ganó la candidatura y ganó las elecciones presidenciales; pero ya en el Palacio Nacional se “dio cuenta de que le era imposible hacer nada bueno en favor del pueblo porque no contaba con una fuerza política organizada que lo sostuviera en una lucha contra los grupos económicamente poderosos, estudió detenidamente la situación en que se encontraba y halló una salida; la única salida que podía usar. Esa salida consistía en hacer una política internacional que le diera prestigio en el mundo y le diera peso dentro de su país, a tal punto que fuera imposible para esos poderosos grupos económicos tocar siquiera con el pensamiento la figura del presidente Echeverría sin causar un escándalo mundial y sin provocar un levantamiento popular en México”.
¿Y cómo consiguió el presidente de México empoderarse políticamente y que eso le diera prestigio en el mundo? Juan Bosch plantea que Echeverría comenzó a desarrollar una política de viajes por todas las partes de la Tierra con un plan bien concebido. En cada país se reunía con los jefes de Estado. Así consiguió que varios gobiernos apoyaran su proposición de presentar en las Naciones Unidas una Carta de Derechos y Deberes Económicos de los países miembros, es decir, una Carta o acuerdo sobre los deberes y los derechos que tienen con sus pueblos y con todos los demás pueblos de la Tierra los países que están asociados en la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Echevarria era un político adelantado para la época y sabía que “no es factible alcanzar un orden internacional justo ni un mundo estable en tanto no se formule la Carta que ha de proteger debidamente los derechos de todos los países en desarrollo”. Consiguió que de manera abrumadora el día 12 de diciembre de 1974, la Asamblea General de las Naciones Unidas, con los representantes de todos los países del mundo reunida en su vigésimo noveno período de sesiones adoptara solemnemente la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados propuesta por el gobierno mexicano; y la había adoptado por 120 votos a favor, 6 en contra y 10 abstenciones. Los 6 en contra fueron los de Alemania, Bélgica, Dinamarca, Estados Unidos, Inglaterra y Luxemburgo, todos países ricos; los 10 que no votaron, o mejor dicho, que se negaron a votar, fueron países que figuran entre los desarrollados aunque no eran los más ricos, y entre ellos estuvieron Austria, Canadá, España, Francia, Holanda, Israel, Italia, Irlanda, Japón y Noruega, y dos no votaron, uno de ellos, las Islas Malvinas, porque sus representantes no estaban presentes en esa Asamblea General, y otro, la República de Sudáfrica, porque debido a su política de persecución racial contra los negros había perdido su derecho a votar en la ONU.
Ese proceso lo entendió muy bien Juan Bosch. Estuvo en contacto con diversos gobiernos, presidentes y líderes continentales y sacó, en su condición de Juez del Tribunal Russell las mejores enseñanzas. No tomó la iniciativa de Lelio Basso, quien como ya se dijo, creo la Fundación Internacional por el Derecho y la Liberación de los Pueblos. En su caso, y para los dirigentes que lo acompañaban, tenían bajo su dirección una organización nueva en América y el país: el Partido de la Liberación Dominicana; y era Juan Bosch, con las entrevistas personales y los documentos que había traído del Tribunal Russell, un político más poderoso, cargado de una tonelada de información regional y mundial, y que con el PLD seria un arma poderosísima para la defensa nacional y continental.
Tanto Juan Bosch como cualquiera de los miembros del Tribunal Russell en una situación análoga, solo podían hacer una cosa: asumir personalmente la responsabilidad de denunciar abusos y tropelías de los gobiernos de la época, en su mayoría encabezados por dictadores o juntas militares.

Un acto de valentía, muchos años antes de la conformación del Tribunal Russell y de sus atribuciones, fue la carta que envió Juan Bosch el 27 de febrero de 1961 al dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo.

En esa carta lo llamaba “General” y decía:
 En este día, la república que usted gobierna cumple ciento diecisiete años. De ellos, treinta y uno los ha pasado bajo su mando; y esto quiere decir que durante más de un cuarto de su vida republicana el pueblo de Santo Domingo ha vivido sometido al régimen que usted creó y que usted ha mantenido con espantoso tesón. Tal vez usted no haya pensado que ese régimen haya podido durar gracias, entre otras cosas, a que la República Dominicana es parte de la América Latina; y debido a su paciencia evangélica para sufrir atropellos, la América Latina ha permanecido durante la mayor parte de este siglo fuera del foco de interés de la política mundial. Nuestros países no eran peligrosos; y por tanto no había por qué preocuparse de ellos.
  En esa atmósfera de laissez faire, usted podía permanecer en el poder por tiempo indefinido; podía aspirar a estar gobernando todavía en Santo Domingo al cumplirse el sesquicentenario de la república, si los dioses le daban vida para tanto. Pero la atmósfera política del Hemisferio sufrió un cambio brusco a partir del 1º de enero de 1959. Sea cual sea la opinión que se tenga de Fidel Castro, la historia tendrá que reconocerle que ha desempeñado un papel de primera magnitud en ese cambio de atmósfera continental, pues a él le correspondió la función de transformar a pueblos pacientes en pueblos peligrosos.
 Ya no somos tierras sin importancia, que pueden ser mantenidas fuera del foco de interés mundial. Ahora hay que pensar en nosotros y elaborar toda una teoría política y social que pueda satisfacer el hambre de libertad, de justicia y de pan del hombre americano. Esa nueva teoría es un aliado moral de los dominicanos que luchan contra el régimen que usted ha fundado; y aunque llevado por su instinto realista y tal vez ofuscado por la desviación profesional de hombre de poder, usted puede negarse a reconocer el valor político de tal aliado, es imposible que no se dé cuenta de la tremenda fuerza que significa la unión de ese factor con la voluntad democrática del pueblo dominicano y con los errores que usted ha cometido y viene cometiendo en sus relaciones con el mundo americano.
  La fuerza resultante de la suma de los tres factores mencionados va a actuar precisamente cuando comienza la crisis para usted; sus adversarios se levantan de una postración de treinta y un años en el momento en que usted queda abandonado a su suerte en medio de una atmósfera política y social que no ofrece ya alimento a sus pulmones.
 En este instante histórico, su caso puede ser comparado al del ágil, fuerte, agresivo y voraz tiburón, conformado por miles de años para ser el terror de los mares, al que el inesperado cataclismo le ha cambiado el agua de mar por ácido sulfúrico; ese tiburón no puede seguir viviendo.
  No piense que al referirme al tiburón lo he hecho con ánimo de establecer comparaciones peyorativas para usted. Lo he mencionado porque es un ejemplo de ser vivo nacido para atacar y vencer, como estoy seguro que piensa de sí mismo. Y ya ve que ese arrogante vencedor de los abismos marítimos puede ser inutilizado y destruido por un cambio en su ambiente natural, imagen fiel del caso en que usted se encuentra ahora. Pero sucede que el destino de sus últimos días como dictador de la República Dominicana puede reflejarse con sangre o sin ella en el pueblo de Santo Domingo. Si usted admite que la atmósfera política de la América Latina ha cambiado, que en el nuevo ambiente no hay aire para usted, y emigra a aguas más seguras para su naturaleza individual, nuestro país puede recibir el 27 de febrero de 1962 en paz y con optimismo; si usted no lo admite y se empeña en seguir tiranizándolo, el próximo aniversario de la república será caótico y sangriento; y de ser así, el caos y la sangre llegarán más allá del umbral de su propia casa, y escribo casa con el sentido usado en los textos bíblicos. Es todo cuanto quería decirle, hoy, aniversario de la fundación de la República Dominicana.

El trabajo del Tribunal Russell tuvo tanta repercusión, que muchos años después, el apoyo de escritores como Julio Cortázar era muy solicitado; y a través de diversas vías demandaban su opinión sobre casos de violación a los derechos humanos. Un caso, particularmente, le llamó la atención y el escritor lo hizo público, debido a su repercusión mundial. Tomó como punto de apoyo una carta que le llegó desde México, firmada por Daniel Vicente Cabezas para pedirle, como miembro del Tribunal Bertrand Russell, que haga todo lo posible para denunciar y esclarecer la desaparición de su madre, Thelma Jara de Cabezas, ocurrida en Buenos Aires el 30 de abril de 1979.

No era un caso anónimo y aislado. La prensa informó ampliamente sobre el hecho, ya que la señora Cabezas era la secretaria de la Comisión de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas; y lo era por la misma razón de la desaparición de su hijo Gustavo Alejandro, un estudiante de diecisiete años. Desapareció en mayo de 1976 sin que hasta la fecha se haya tenido noticias de su destino.

El caso de marras lo tomó Cortazar de manera personal. Estaba convencido que muchas veces “nuestras armas intelectuales poco pueden contra la fuerza bruta, la mentira y el desprecio”, pero “tienen otro tipo de fuerza a largo plazo que se basa en la confianza en el lector honesto y libre, en la seguridad de que ese lector recogerá el mensaje que le alcanzan las palabras; y a su vez lo difundirá y le dará cada vez mayor peso, mayor eficacia”.

En su país natal, Argentina, al fragor de los trabajos a favor de los derechos humanos, la señora Thelma Jara de Cabezas abordo un día su automóvil y una bomba casi la mata. “Como resultara indemne. Lo que no se logró con la violencia de un explosivo se consumó en el silencio de una desaparición sin rastro”.

El ideólogo, sir Bertrand Russell expresó en la Sesión Inaugural de la primera convocatoria: “no representamos a ningún estado ni podemos dictar sentencias ejecutorias”. La realidad desbordó el sentido de estas palabras y el Tribunal Russell condenó moralmente y de manera inapelable a muchos regimenes militares y gobiernos de la oscuridad, que hasta el día de hoy sus integrantes o guardan prisión o son buscados por los crímenes cometidos.

No puedo hacer más, confesó una vez Julio Cortazar, pero si muchos seguimos contestando así las cartas que nos dirigen, y denunciando lo que las prensas oficiales buscan ahogar, el día de la luz estará más próximo.

Un caso patético y lleno de nostalgia lo plantea Luis Sepúlveda en su libro Historias marginales. Tiene como fondo el golpe militar a Salvador Allende, en Chile; y “que terminó con la ejemplar democracia chilena, asesinó e hizo desaparecer a miles de mujeres, hombres y niños, golpeó, torturó y condenó al exilio a cientos de miles de ciudadanos.”. En ese  periodo desapareció el hijo de un maestro que enseñaba castellano en una pequeña escuela rural, cerca de Chillan, en el sur de Chile. Su nombre era Carlos Gálvez.

El hijo, cuenta Sepúlveda, como otros miles de jóvenes, un día fue tragado por la máquina del terror. Durante dos años don Carlos Gálvez llamó a todas las puertas, habló con gentes amables o hurañas, dignas o atemorizadas, solidarias o vencedoras, recibió risas, insultos, pero también frases de consuelo. No cejó en su empeñó hasta que lo encontró, convertido en una ruina, pero vivo.

A los seis años de un doloroso encierro el profesor Gálvez logra sacar a su hijo de la cárcel con destino a otra forma de encierro: el exilio. Viajó así el hijo a la República Federal Alemana, como otro desterrado, con un montón de recuerdos dolorosos.

Las secuelas de la tortura minaron muy pronto la salud del muchacho y murió al cabo de dos años. El profesor Gálvez viajó desde Chile al sepelio de su hijo, ya que no podía volver con él a su país de origen. En el aeropuerto, de regreso, un funcionario de migración le cerró el paso. La asistencia y los trámites del sepelio fue traducido por la dictadura militar como actividades subversivas. El padre, viudo, por su amor, por su solidaridad con el único hijo que tenía, también fue condenado al exilio, duro, crudo y frío de Alemania. Cuatro años después siguió el destino del hijo. Un invierno férreo hizo que contrajera una neumonía que lo llevó a la tumba. Así segó la dictadura la vida de muchos padres, madres e hijos. Padres, hijos e hijas que el exilio también convirtió en compañeros.

El grito de justicia y respeto a los derechos humano repercutiría en la República Dominicana, y no podía ser de otra forma, con Juan Bosch en su seno, en condición de juez, y a la sazón, Presidente de un partido emergente y que él llevaría a ser la segunda, y con tiempo, la primera fuerza política del país.
Hay que ver la cadena de denuncias y la serie de discursos que produjo el líder del Partido Morado, a las conferencias internacionales que fue invitado y, sobre todo, el giro que debió dar el presidente Joaquín Balaguer a su gobierno en materia de política social y de respeto a los derechos humanos. El pueblo aprendió, maduro durante esa década y el resultado directo lo constituyó el hecho de ver nacer de las urnas un nuevo gobierno, democrático, en 1978. No quiere decir que la fragua para esas transformaciones fuera un esfuerzo personal. No. Todas las conquistas de la humanidad, de las etnias, pueblos y minorías oprimidos, son fruto de esfuerzos conjuntos.
Juan Bosch y los demás intelectuales, teólogos, políticos, sindicalistas, economistas, maestros de importantes universidades que lo acompañaban en el Tribunal Russell, tenían la posibilidad de hacer llegar su voz a muchos lectores latinoamericanos y españoles; y lo hicieron. El mundo nunca conoció tantas denuncias y de manera simultánea contra todos los regimenes opresores de Latinoamérica.

El escritor argentino Julio Cortázar, entre ellos, llegó a decir que nunca lo había hecho con tanto deseo de ser leído, como cuando denunció el caso de México contra la barbarie, el atropello y la suerte de la incólume Thelma Jara de Cabezas.

La montaña de denuncias de abusos y tropelías de los gobiernos de la época, en su mayoría encabezados por dictadores o juntas militares contribuyo a la fortaleza de la democracia de América y de República Dominicana que tenemos hoy, indudablemente.

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