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Rafael García Romero

Rafael García Romero: Ruinas y resurrecciones en la novela dominicana

Por Efraín Nadereau Maceo

 

Bastaría con su novela Ruinas (cuatro ediciones en menos de tres años) para reconocer en Rafael García Romero (Santo Domingo, 1957) a uno de los escritores grandes de esta hora. Antes de esta obra maestra de la lengua, incluso, ya había publicado los libros de cuento: Fisión, El agonista, Bajo el acoso, Los ídolos de Amorgos, Historias de cada día, La Sórdida telaraña de la mansedumbre, A puro dolor y Duro de amar; amén de haber sido galardonado con el Premio Nacional de Cuento.

 

Excluso, lenguaje de adultos, violencia y sexo, en Ruinas fluyen, discretamente, y se concatenan, un respetable número de procedimientos narrativos, dominados por las peculiaridades estilísticas de su creador.

 

Para los dominicanos, y para los cubanos, el asunto que trata Ruinas es muy sensible, en tanto involucra a personajes célebres e históricos de ambas naciones (una poeta, un presidente, un historiógrafo de nuestras letras o de sus valías artísticas y otros personajes de la elite de nuestras intelectualidades). En ese mismo orden, se trata de Salomé Ureña Díaz, Francisco Henríquez y Carvajal –padre e hijo-; así como Pedro, Max y Camila Henríquez Ureña.

 

Es axiomático que García Romero ha tenido acceso a una documentación valiosa, de primera mano y un tanto sacra (cartas cruzadas y otras letras de Salomé y Francisco), junto a diversas formas documentales de sus hijos, subrayando la fantasía especulativa y memoriosa de nuestro Max; casi la única relación de Ruinas, o la única  visible, con otros autores o literaturas, a menos que excluyamos e incluyamos a su contrapartida u homónimo, que pudiera ser, un poco traído por los pelos, el suculento Pedro Páramo (1988) del mexicano Juan Rulfo. Pues, también en Ruinas, hay una magia subliminal, cómplice, tendenciosas trasfiguraciones o imaginarios igualmente fuera de serie.

 

En esta cuerda y, gracias a Ruinas, García Romero incursiona, descubre y nos conecta, como señala la costarricense, Nuria Isabel Méndez Garita, con “los remanentes de un pasado colonial angustioso (…) no sólo del pueblo dominicano, sino de toda Latinoamérica”.

 

De tal manera, realidad y ficción se emulsionan y confrontan y se convierten en esencia de una indivisible unidad, reinventando sus propios caminos hacia las interioridades de la conciencia y génesis de ciertos estados de alma y su levitar, constante, junto con los eros de Ruinas.

 

Lo social, por agudo que sea en el cuerpo de la novela, resulta incidental y panorámico, al funcionar como otro elemento de la trama: no es que deje de ser importante, pero no es enfático, como cuando Salomé Ureña funda (esto le da otro y, aún, más alto valor) la Escuela Normal de Señoritas, en Santo Domingo, está pensando, obviamente, en el beneficio de las familias de todo el país: gesto que le abre las puertas y le da un sitial, en la historia educacional-pedagógica de Republica Dominicana e Iberoamérica.

 

Dicha institución, en la vida de la poetisa, es, sin lugar a dudas, un gesto fundacional de conmovedora trascendencia, cuyo sucedido es, casi, a finales del siglo XIX, liderado, de punta a cabo, por una mujer. De los suyos, únicamente Salomé Ureña demostró ser capaz de dar vida a una institución y compromiso de tal envergadura, con la misma sencillez y devoción con la que se echa a andar una simple familia.

 

También Ruinas, junto a lo epistolar y “biográfico”, amén de lo especulativo e histórico, es una mirada psicosociológica a la vulnerabilidad de la mujer, en nuestros países, a las trágicas circunstancias e injusticias que minan su destino: trátese, incluso, de quien se trate o de la que se trate. En el hombre, dispensado por el carácter masculino de la sociedad, la situación se presenta de un modo menos específico y frustrante.

 

El simbolismo, la magia, la fantasía, lo onírico, el habla y el conmovedor ludismo, forman parte sustancial de cierto lirismo estético-ético de esta primera y singular novela de Rafael García Romero. En tal línea, el autor muestra y demuestra, como, el realismo actual, todavía entresiglos, contemporáneo e incluso postmoderno, sale muy bien parado cuando logra ser popular, sin un ápice de vulgaridad, que viene a ser, en cualquier caso el verdadero o único realismo válido para todos los tiempos. Pues, una novela, en tanto obra artística, puede abstenerse de incitar a una interpretación o modo de ver por el estilo, porque el llamado mundo real campeen por sus respetos, la vulgaridad, la violencia, el sexo, y otros animales de igual semejanza.

 

Entre sus virtudes, esta novela, junto a “la magia de la brevedad”, puede ser leída por un adulto recién alfabetizado, virtud que la hace doblemente popular, no sólo en nuestro mundo. Siguiendo el hilo, se puede subrayar lo de adulto, en tanto, Ruinas es una odisea de la espiritualidad y viene a enriquecer la narrativa de lo real maravilloso, en su evolución.

 

Nótese como, igual que su antecesora, a Salomé Ureña, la Penélope dominicana, le es imposible dejar de ser una personalidad en su patria –mientras exista-, pero, de cualquier manera, tiene que enviar a su primogénito (¿Telémaco del Caribe? ¿de Las Antillas?) en busca de otro Francisco, el padre, que bien puede sucumbir a las tentaciones e incitaciones europeas, y, más que a otras, a las parisinas.

 

A fin de cuentas (Francisco Henríquez y Carvajal regresa, al país, con el prestigioso título de doctor en Medicina y siembra, en el vientre de Salomé, a Camila) como profesional fracasa (no tiene la clientela que esperaba) porque lo que necesita la República Dominicana no son médicos mejores o peores, sino aquellos sustanciales cambios que le garanticen prosperidad económica y espiritual y, en esa línea, la modernización de sus instituciones (aunque éste, tampoco sea, ni remotamente, lo que se da en llamar, el asunto de la obra. Y, sólo viene a juntarse a otras pinceladas del trasfondo, que se están ahí, como parte de la “densa”, por multiplicadora, totalidad que sostiene el mundo novelado por García Romero).

 

Otro aspecto –entre tantos- de mucha ingeniosidad e imposible de soslayar, es la amplitud temporal y espacial que le da a Ruinas la novedosa contraposición de planos y abruptas disolvencias, por el estilo, aunque, en este caso, muy superiores a las cinematográficas, donde, una sola oración, puede decir, y dice, un mundo de cosas. Sirva de ejemplificación la manera en que Max, para explicarse, va y viene o entra y sale del presente al pasado, al futuro, o recurre a la simple especulación omnisciente (desde la primera persona) de manera novedosa, gracias a la suma de discretos ¿y casi inadvertidos? procedimientos narrativos, que evitan oscurecimientos gratuitos y otras herejías.

 

Hay ejemplos más específicos, como cuando dice Max (…) “papá era un hombre impetuoso” (…) “no podía vivir sin tinta y papel que transformaba en cartas” (…) “Desde París todo lo quería controlar” (…) “No había detalle ajeno a él” (…) “Era necesario ponerlo al tanto de la cantidad que había para el manejo mensual de la familia y  cómo era el personal doméstico que trabajaba en casa”; pág. 23. El subrayado nuestro sirve para definir algo tan importante como la situación económica, de esa etapa, en la familia Henríquez Ureña. U, otra vez Max, señalando como (…) “Cuando el Instituto de Señoritas abrió, mamá puso en marcha una revolución. Yo no había nacido. Cuento porque me contaron”, pág. 31. “Era admirable cuando mamá salía de negro, con aquel vestido francés impecablemente cortado, su pelo recogido, ya con algunas canas, la cartera de mano; caminaba despacio y no había excesos en su figura. Todo era sobrio en su rostro bañado por una acentuada languidez, que si no se debía a la enfermedad, iba perfectamente a tono con su naturaleza: poetisa y maestra”, pág. 29. Puesto de este modo, el parlamento, en boca de Max, le sirve a García Romero, para, como se da en decir, matar muchos pájaros de un tiro, que, por obvio, no hace el caso mencionarlos –excluso el de la enfermedad de la protagonista, su manera de vincularla con la profesión de la misma, y el criterio, romántico, de Max, y, a tono con la época y explícito en el subrayado nuestro.

 

O este otro procedimiento que sucede, casi de inmediato, al anterior y que, por ingenioso, burla, incluso, la fantasía e inteligencia del lector (…) “En aquella época escribió “Ruinas” y algunos versos sueltos. Poemas inspirados en sus desórdenes humanos, que contienen toneladas de dolor, poemas que escribió pensando en ella misma” (…) “La poesía de mamá estaba condenada a darle vuelta al mundo. No la de aquí, que hizo en Santo Domingo, sino la que escribiría en París, Nueva Cork, México, Argentina, qué se yo” (…) “pero contrario a papá, ella era muy limitada” (…) “como una paloma aferrada al nido” (…) “no tenía sueños ambiciosos. Nació para amar a su familia (…) “Eso la ancló al terruño, a la escuela, a su casa y no salió nunca” (…) “tenía miedo al desarraigo, a saberse lejos de su patria” (…) “El país era el culpable, pobre de cultura y con gobernantes efímeros y sin mucha visión; pero” (…) “ella” (…) “era muy terca y aferrada a lo poco. Prefirió una vida áspera, caótica, cruel y vacía. No quiso dar el gran salto” (…) “Tres hijos que no estaba dispuesta a sacrificar por nada; todavía el precio fuera su salud, la escuela que dirigía, o su gloria personal. Perdió el camino”, pág. 30-31.

 

Todo es tan explícito, por enésima vez, que huelgan comentarios; y todo redactado con pulcritud, veracidad y precisión matemática; y portador del núcleo de lo que quiere decir, con toda la novela, su hacedor.

 

Gracias a su factura testimonial y a la veracidad especulativa, llegamos a saber, por y desde la novela, que la poesía de Salomé Ureña (personaje real y de ficción) es confesional y comprometida, hasta donde el arte suele y debe serlo; y que “Ruinas” es, también, el título de uno de los poemas de mayor difusión de esta célebre personalidad de la lírica dominicana; título premonitorio, para sí, en tanto define una parte de la vida de la poetisa que pertenece únicamente a ella, en la medida en que puede excluir los intereses de sus paisanos y hasta, un tanto, de sus familiares más cercanos: estamos hablando de la vida profunda y del fuero íntimo de Salomé Ureña.

 

En el mundo “real”, como en el de la ficción, todo se puede; incluso caminar por encima de un jardín,  sin caer en cuenta que se están pisando las flores (ambigüedad ex profeso): esto, precisamente, ocurre con nuestro personaje. Salomé Ureña posee altísimos derechos y merecimientos (¿su tragedia es histórica?) ella no debe cuidar su integridad ni la acosan, como a Penélope, decenas de pretendientes ávidos de rapiña; tampoco tiene que defender su fidelidad para el que está allende los mares: ella, en sí, es un paradigma ético-moral. Pero ni los hijos ni la enfermedad, han sido valladar suficiente para detener a Henríquez y Carvajal quien se va a Francia a estudiar medicina. Se ha pasado por encima de sus protagonismos públicos o de su validez artístico-literario.

 

Ni por todo el oro del mundo ni por la conquista de prestigio alguno se deja, durante cinco largos e infinitos años, a una mujer como Salomé Ureña. Es un hecho, según la novela de García Romero, infinitamente injusto. Por estos triíllos, nos complace lo que dice el escritor Pedro Antonio Valdez: “En Ruinas el autor toma la vida de dos personajes públicos, iconos de la historia política y cultural dominicanas”, luego añade “la nostalgia de una familia materialmente matriarcal en la que el padre se convierte en el gran ausente”, pág. 135.

 

Para el lector anuncio el trago amargo que se le echará encima con la desaparición, física, de uno de los personajes más grandes; digo de los personajes femeninos más grandes, de los esculpidos, hasta hoy, por las letras de nuestra lengua. Duele ver como aquella entraña de flor malgastó el tesoro de su vida en un duelo sin importancia, en una batalla contra invalidantes imposibles. Hubiera sido preferible, como lo da a entender y expresa el Max de la novela, que Salomé optara por los “riesgos” del “desarraigo”, como hizo, por sólo citar un caso, su colega, de Cuba, Gertrudis Gómez de Avellaneda, en 1836, cuando tenía sólo 22 años, y por cuya obra, como su paisano José María Heredia (1803-1839) ganó reconocimiento universal.

 

La novela Ruinas se ubica entre lo mejor que está sucediendo en nuestras literaturas. Y, en este  caso específico, prefiero correr el riesgo de exagerar, un tanto, a quedarme corto por miedo al ridículo, y digo: si hay justicia y la gente avezada espera, de verdad, cosas trascendentes de la literatura y no única y exclusivamente el placer por el placer, entonces, en tanto me asiste el derecho de gente, pido, desde esta especie de tribuna, un Premio grande y merecido a la novela y a su autor. A Hemigway se lo dieron, muy merecidamente, por El viejo y el mar; ¿por qué no otorgárselo, también, y por lo mismo, al dominicano Rafael García Romero?

 Santiago de Cuba.

Lunes 18 de junio del 2007

 

Efraín Nadereau Maceo es un escritor, poeta, crítico literario y animador cultural de Santiago de Cuba.

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