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Rafael García Romero

El microrrelato, artilugio de fina relojería

El microrrelato, artilugio de fina relojería

Por Simone Cattaneo

Crónica sobre el libro de relatos breves “Soñar en el paraíso”, de  Rafael García Romero, donde el autor plantea que “delata la experiencia de un autor con un largo recorrido literario y periodístico a sus espaldas, alguien que a través de sus numerosas publicaciones de carácter cuentístico ha adquirido un timbre de voz inconfundible, ocupando un lugar destacado en el panorama actual de la literatura de la República Dominicana.

El microrrelato, artilugio de fina relojería que se resiste a cualquier tentativa de clasificación y que en contra de su misma brevedad ha recibido una plétora de nombres distintos ‒microcuento, nanorrelato, textículo, mini-cuento, mini-relato, minificción, etc.‒, siempre ha latido en las entrañas de la literatura, desde la brevitas sentenciosa de la antigüedad ‒el exemplum, el aforismo, el haiku e incluso refranes y epitafios‒ hasta el desenfadado fragmentarismo de épocas más cercanas ‒el chiste, la prosa poética, la greguería, etc.‒.

La escritura hiperbreve ha sido un goteo incesante, terco como una de esas torturas chinas que delatan sus devastadores efectos a través de una constancia que hace mella en el tiempo y, hoy en día, ese estilicidio se ha convertido en un manantial cuyas aguas han desbordado cualquier frontera nacional o cultural, depositando un limo fértil que ha favorecido el brotar de abundantes y jugosos frutos: libros, antologías, ensayos, congresos, premios y talleres literarios, revistas, páginas web, etc.

En el ámbito iberoamericano, el origen del microrrelato moderno se sitúa convencionalmente a comienzos del siglo XX, con los primeros tanteos de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en América Latina, y con los escarceos de Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna en España. Sin embargo, en las tierras de Cervantes el género ha ido siguiendo un cauce más bien subterráneo, mientras que en Hispanoamérica ha ido aflorando en superficie cada vez con más pujanza hasta llamar la atención de autores y estudiosos autóctonos y foráneos.

De este modo, a partir de los años noventa el microrrelato ha llegado a ser considerado, tanto de este lado del Atlántico como del otro, uno de los formatos literarios más sugestivos y prometedores.

En República Dominicana su evolución ha sido peculiar y discontinua, casi a medio camino entre lo que acontecía a su alrededor y lo que pasaba en el contexto español. Precisamente la singularidad de una mirada estupefacta y melancólica, pero nada ingenua, que se refleja en una escritura elusiva es la que sustenta “Soñar en el paraíso” de Rafael García Romero (Santo Domingo, 1957).

Dicha colección de microrrelatos, aunque a primera vista parezca menos variada, delata la experiencia de un autor con un largo recorrido literario y periodístico a sus espaldas, alguien que a través de sus numerosas publicaciones de carácter cuentístico ‒Fisión (1983), El agonista (1986), Bajo el acoso (1987), Los ídolos de Amorgos (1993), Historias de cada día (1995), La sórdida telaraña de la mansedumbre (1997), A puro dolor (2001), El círculo de Malebolge (2009), Memorias de Ricardo Valdivia (2012), Infortunios y días felices de la familia Imperios Duarte recordados con pusilánime ternura (2012)‒ o novelístico ‒Ruinas (2005)‒ ha adquirido un timbre de voz inconfundible, ocupando un lugar destacado en el panorama actual de la literatura de la República Dominicana.

García Romero, sin renunciar a un ingenio no exento de sorna, elige recoger sus textos al amparo de un enfoque existencialista que ya viene anunciado por los epígrafes tomados de las obras de Hermann Hesse y José Saramago.

 La elección de recorrer con su pluma los pliegues oscuros del ánimo humano repercute inevitablemente en unas tramas que se diluyen para dejar paso a un tono más reflexivo que se interroga acerca de esos universales ‒la soledad, el amor, el tiempo, la muerte, el dolor, la felicidad, etc.‒ que tejen a diario nuestras existencias, aproximando sus creaciones a esas greguerías ligeramente sombrías en las que Ramón Gómez de la Serna seccionaba la condición del individuo con la doble hoja de la socarronería y de la aflicción.

A la vertiente más cómica, donde la sonrisa es una bengala que ilumina la página por el espacio de unos segundos, pertenecen, por ejemplo, Línea de tres ‒«La distancia más corta entre una mujer casada y un hombre que la pretende, demandándole amor, es el esposo que los separa» (p. 31)‒ o Amor irreal ‒«Te amo con toda mi alma, le dijo el hombre. A mano tenía un atlas de Anatomía y buscó concienzudamente entre las láminas, una y otra vez. Ya lo sabía, pero quería cerciorarse: el alma no existe en ninguna parte del cuerpo humano» (p. 51)‒. Otra estratagema ramoniana, presente en el último microcuento citado, es la de jugar con las expresiones idiomáticas del lenguaje, como en Previsión: «Hizo una tormenta en un vaso de agua y pescó un tiburón» (p. 96). Sin embargo, la tónica dominante del volumen es la de una apesadumbrada lucidez, bien ilustrada por los microcuentos “El hijo de Nietzsche” ‒«No creo que Dios esté vivo; y si vive para qué necesita la vida, si ya Jesús murió de acuerdo a su disposición. Sí, ¿de qué le sirve la vida?» (p. 21)‒ o El colector ‒«¿A qué edad descubrió para qué servía la vida? Vivir solo tenía sentido para coleccionar recuerdos» (p. 53)‒. No obstante, no todo es pura resignación o visión abstracta, ya que el autor a veces se moja en la contemporaneidad y la congela en unas instantáneas que logran dar en el clavo en materia de social networks y fast thinking ‒Frase global: «El éxito de Facebook está en que hizo de dos palabras, “me” y “gusta”, la primera frase light de consumo global» (p. 23)‒ o de hiperrealidad mediática ‒Persecución (p. 161)‒, confirmando así que la ficción hiperbreve es hoy en día uno de los mejores anticuerpos que se le pueden suministrar a una sociedad digital con prisas y a todas luces empeñada en confinar la literatura en sus márgenes.

Rafael García Romero y Nan Chevalier lo han comprendido con claridad meridiana: los microrrelatos se cuelan por cualquier resquicio y, como proteínas, soliviantan y curan.

Nota. Este texto tiene una mayor extensión; vino acompañado de una crónica previa, sobre el libro “El domador de fieras y otros nanorrelatos”, del escritor Nan Chevalier. Editora Nacional, Santo Domingo, 2014, que no se incluye por razones que se acogen a un orden particular de reservas del derecho del autor Nan Chevalier; y, fundamentalmente, a un interés de edición.

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