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Rafael García Romero

Retrato hablado de Salomé Ureña

Retrato hablado de Salomé Ureña

(A través de los ojos de Max, su hijo)

Por Rafael García Romero

En la mañana parece otra mujer, cuando el pelo todavía no está recogido en un rodete y la cabellera cae oscura, con algunas hebras de plata, frondosa y crespa, hasta morir, apacible, sobre la línea que divide el cuello de sus hombros.

El rostro de mamá tiene una forma muy peculiar. La frente serena, la mirada ocre y distante. Entre sus pestañas no hay destellos, las pupilas apagadas mantienen la expresión fija en un punto de la lejanía; y sus ojos miran sin magia, sin vitalidad, de manera confusa, con un vago enmohecimiento humano, como cuando el corazón está arrasado por la angustia. 

En realidad son ojos singulares, de color café, con una expresión neutra, impenetrable, que no permite adivinar ninguna emoción, ningún estado. En esa mirada hay toda una vida desinflada de pasiones. Está revestida de un aire distante. No hay indicios de perturbación, de desasosiego, de alteración alguna.

Hay, sí, un sentimiento rebanado en miles de pensamientos revueltos, en ebullición, que la animan.

La miro y concentro toda mi atención en su boca. Una forma de M dormida, elástica y glacial, debajo de la nariz, tienen sus labios; y en vez de florecer, están oprimidos, en un gesto leve, frágil y misterioso. 

La expresión de ella, en este momento, copia la foto que cuelga en la pared de la sala, donde luce un crucifijo en el pecho; sus labios se esfuerzan para esbozar una sonrisa, tal vez impedida por el dolor más reciente, con su alma saturada de recuerdos fríos. Eso hace que en vez de una sonrisa el rostro, todo, se exprese en una dulce y apacible tristeza. 

Hay días que una sonrisa le sentaría bien a su rostro moreno, de pómulos angulosos, en armonía con sus cejas, finas y ligeramente arqueadas. Aportaría luz, gotas de juventud a su expresión. Sí, días como hoy, son propicios. La sonrisa, debatiéndose, está ahí y no sale, en vuelo libre, agitando sus alas.

Alisa su pelo, sentada ante el tocador. El espejo le devuelve la imagen; y también el movimiento suave y continuo de las manos, hacía atrás, para llevar a su lugar cualquier mechón rebelde, indómito, al paso del peine. El pelo recogido en rodete, con los zarcillos en forma de gota de agua, le dan al rostro de mamá un aire de solemnidad. El pelo, apretado a la sien, acentúa el toque de gracia señorial. 

Está vestida, se ve grave y soberbia, lista para salir de su habitación, dispuesta a enfrentar la vida y los avatares del invisible día que viene a su encuentro.

El tiempo que tomé, observándola, bebiéndome cada gesto con detenimiento, fue suficiente para aprenderme su rostro y recordarlo con cada lunar, y todos los detalles; y su retrato permanecerá en mí, en batalla contra el olvido, con la fuerza reveladora e inalterable que traen consigo los recuerdos imperecederos.

(Tomado de la novela Ruinas, décimo quinta edición)

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